Un juez de Jaén acaba de proclamar en una sentencia que la contratación de “enchufados” –el juez recuerda la ocurrencia de un responsable juntero que justificaba esa política caciquil como un auxilio a favor de “criaturas necesitadas de inserción laboral”— ha provocado en las cuentas autonómicas un agujero “mayor que el de los ERE”. Crítica severamente su Señoría aquel sistema que ha integrado “graciosamente a personas allegadas” a los gestores, y clama ante el fraude creciente que supone la sustitución del sistema igualitario de las “oposiciones” por esos sistemas de contratación temporal que acaban mutando en “indefinidos” hasta integrar a sus titulares definitivamente en la nómina pública. Siempre cabe alegar que, al fin y al cabo, la jibarización de esos pseudo-funcionarios no es sino el correlato de la degradación sufrida por la alta dirigencia, pero el juez acierta al sostener, no sólo que la maniobra enchufista la termina pagando el contribuyente, sino que implica una quiebra del principio de “igualdad, mérito y capacidad” entre los aspirantes al empleo.

Hay que ver la mala prensa que tiene ese medio selectivo entre los partidarios de sustituir las pruebas por afinidades y el talento por la fidelidad. Cuando yo lo padecí –con éxito, todo hay que decirlo—, para “entrar” en el servicio público había que superar un maratón de exámenes eliminatorios que –por citar mi propio caso— tenía que cribar una masa de casi tres mil aspirantes para cubrir unas decenas de plazas. ¡Y con un canto en los dientes!

Verán en las memorias de los misioneros que en el siglo XVI lograron romper el enroque chino hasta convertirse en astrónomos del emperador Ming, que ya la “burocracia celeste” se reclutaba mediante un temible sistema que exigía a los opositores la superación, en régimen de rigurosa clausura, de amplios temarios confucianos, en pruebas escritas que duraban varios días. Una aristocracia oficinesca iniciaba en ellos una carrera que iría subiendo peldaños hasta alcanzar la prueba máxima en Pekín, donde el campeón se convertía, por lo visto, en un auténtico “héroe nacional”, y ay de quien pretendiera el cohecho o lograra quebrantar el enclaustramiento para recibir ayuda, a pesar de lo cual no faltaron los frecuentes intentos.

En España, salvo en algunos “grandes cuerpos” (de momento), la fragmentación del sistema opositor en diecisiete autonómicos ha consagrado la tendencia a “superar” aquella legítima e igualitaria competición por la voluntad y el favor político. En fin de cuentas, aunque el juez de Jaén lleve más razón que un santo ¡no íbamos a seguir nosotros como los chinos de hace cinco siglos!

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