El desconcierto general en nuestra enseñanza afecta de manera llamativa a nuestra Universidad. Una de ellas anuncia que exigirá a los estudiantes un “certificado de integridad” como garantía ante sus exámenes “virtuales”; otra anuncia nebulosamente un curso durante el cual el alumnado, por razones profilácticas, acudirá a clase demediado; es decir, la mitad un día y la otra mitad al siguiente, y en fin, una tercera dedica el precioso tiempo de su Consejo de Gobierno, no se lo pierdan, a la “aprobación del protocolo de cambio de nombre de uso común en el colectivo LGTBQ+”. Resulta asombroso ese panorama intelectual que no augura nada bueno para el futuro de nuestra “alma mater” y compromete la formación de una generación paradójicamente alienada entre el progreso tecnológico y la irresistible trivialización de una cultura en clara decadencia.

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