Los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) para el primer trimestre son demoledores. Ya no caben monsergas ni augurios, pamplinas oficiales ni matices desdramatizadores: casi un millón doscientos mil ociosos, tres de cada diez andaluces en edad de trabajar parados y sin la menor perspectiva de empleo no son un mal paisaje sino que constituyen una situación límite. Por supuesto que hay lenitivos para esa tragedia (el subsidio, la ayuda de la familia, el trabajo sumergido) pero ni por ésas puede contemplarse esta Andalucía sin sonrojo y sin inquietud mientras nuestros junteros forcejean a hurtadillas en su guerra interna. Lejos queda la imagen de la Andalucía explosiva, por fortuna. Demasiado cerca, en cambio, la de la Andalucía entregada.

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