Ya está aquí la serpiente de verano (serpiente realísima, por supuesto) que anuncia la acción demoledora del veraneo sobre la pareja. Se separan miles de ciudadanos al volver de la playa o del país exótico, hartos de soportar la inevitable rutina y tal vez tentados por el opio de la imaginación. Una plaga, por lo visto. Pero el Instituto de Política Familiar (IPF) se descuelga con datos aún más inquietantes como ése de que, sólo en el primero trimestre del año en curso, Andalucía haya registrado más de siete mil divorcios, más o menos los contabilizados en Cataluña y mil más que en Madrid. El propio Consejo Superior del Poder Judicial recuenta para el mismo periodo 37.500 cabales (más de 40.000, según el IPF), es decir, un divorcio cada tres minutos mal contados, o sea, 451 al día, incluyendo domingos y festivos. En cinco años hemos pasado de una tasa de fracaso matrimonial que representaba la mitad de la registrada en Bélgica y estaba bastante por debajo de la media comunitaria europea, por ejemplo, a igualarnos también en ese indeseable indicador, caben pocas dudas que como consecuencia del efecto-llamada de la modificación de la ley del Divorcio del 2005 conocida como ley del “divorcio exprés”. De los catorce millones largos de familias españolas, pues, la crisis afecta a unas cuarenta mil cada tres meses, como lo demuestra que en el último cuarto de siglo el registro total de fracasados contabiliza nada menos que 1’7 millones de parejas rotas, es decir, casi cuatro millones de españoles/as que han replanteado sus vidas sin encomendarse a Dios ni al diablo, cuando no a los dos. El personal no esté por aguantarse con paciencia ni en plan de reprimirse o conceder nuevas oportunidades, a la vista está, y es de notar que, en las estadísticas oficiales, la iniciativa de estos reajustes corresponde, sin duda posible, a una mujer que ha visto modificado su estatus de manera tan radical. Batalla perdida la de los moralistas y niños predicadores: la mutación más notable de la sociedad post-industrial no es otra que esta quiebra sin contemplaciones del yugo de Himeneo.
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Son muchas las consecuencias de un acontecimiento histórico como ése, pero a mí me da que ninguna tan llamativa como un hecho que suele pasar desapercibido, como es la repercusión del fracaso de la pareja en el mercado inmobiliario. Hagan números: cerca de un millón de separados o divorciados en 25 años supone elevar la demanda de viviendas, aproximadamente, en una cantidad idéntica, pero lo que pone los pelos de punta es pensar que una ruptura cada dos minutos escasos supone que la demanda efectiva crece en ese incontrolable mercado a un ritmo insoportable, incluso cambiando de ministra. Por lo visto, los demógrafos auguran que, en cosa de dos o tres años, por cada matrimonio que se produzca se romperá otro, al tiempo que aseguran que eso de que de cada cuatro coyundas se separan dos es cosa hace tiempo superada por el vértigo de la vida y el torbellino de sus circunstancias. Una perspectiva tremenda que, seguramente, lejos de desanimar la mentalidad casadera la estimula –como lo prueba el colapso en las esperas parroquiales o administrativas–, precisamente porque la flexibilidad del vínculo, perdida ya su rigidez canónica e incluso civil, quita hierro a una decisión que, al menos en teoría, se consideró siempre digna de severas cavilaciones. Y eso no puede ser achacado en exclusiva a la flexibilidad de la ley, porque obviamente responde a causas más profundas y escondidas en una sociedad abierta, permisiva, en la que el individualismo, a pesar del carácter gregario de la conciencia colectiva, se afirma de manera sin precedentes. El divorcio de ha convertido en una institución en extremo asequible. El problema es que, como sabemos hace mucho, lo importante no es la ruptura misma sino lo que viene tras ella.

3 Comentarios

  1. ¿Se acuerdan cuando casi boquiabiertos comentábamos el enésimo divorcio y la consiguiente boda inmediata de las estrellas del cine americano? Hoy, aunque no medien papeles por medio, no es difícil oir hablar a algún talludito, fémina o varón, a los que les faltan dedos en una mano para enumerar las parejas con las que ha convivido. Ahí tienen a la chica amojamada de Porcelanosa, de quien se hacía el chiste de la lotería primitiva: tenía -tiene- cinco de tres.

    He debido beber de una fuente distinta a la del Anfi, pues según la mía, YA hemos llegado al mismo número de enlaces que de rupturas. Y me voy a permitir echar mi cuarto a espadas en una hipótesis que tal vez sea descabellada.

    La formación de parejas -hétero u homo- se hacen hoy demasiadas veces de forma un tanto alocada. Se liga al paso como los peones de ajedrez, se encaman a la de dos o a la de tres, cuando no es aquí te pillo, aquí te mato, y como los enamoramientos y las lunas de miel no son sino un aquelarre de neurotransmisores disparados/disparatados, hay quien ya pilla fecha para la iglesia tal -que tal vez no pisa desde la primera comunión- o para el salón cuál que está en muy buen sitio y tiene un menú potente y apañadico en el precio.

    La rutinilla que se establece en la espera queda oculta tras la maraña de compras, organización y chorlitadas que suponen hoy una boda. Esta, supone un protagonismo -reyes por un día- no sólo para los contrayentes, sino también toda la faramalla que arrastra: padrinos, niños con arras, invitaciones, lista de regalos, previsión de viaje de bodas, amistades casadas que te cuentan solo la cara de la moneda…

    Viene luego el empeño en saber si la cigüeña está por la labor o la espera es premeditada con el uso de impermeables y los llamados juguetes eróticos. Para no ser menos que las amigas, la chica un día se planta y dice lo de ‘vamos a por el primero’ y el maromo, aunque no lo tenga muy claro, sí sabe que tiene que demostrar su varonía.

    En esto se han podido pasar dos o tres años, en que casi no paran en casa, han cangurizado a abuelos de ambos contendientes y llega ese mes de agosto en que en un apartamento incómodo, o en una habitación de hotel que tiene poco que ver con lo que soñaban, la falta de espacio vital y el egoísmo de no saber renunciar -no están nuestros jóvenes muy educados en domesticar la frustración y practicar la renuncia- a un incompatible capricho, hacen que se produzca el primer tsunami, que ha sido precedido de marejadillas y fuertes marejadas anteriores.

    Eso por no nombrar a quienes después de veinticinco o treinta años de convivencia, con el/los hijo/s más o menos emancipados, deciden que ya está bien de soportar a una pareja para quien no le queda otra cosa que un arriate de agravios en que ha crecido el cenizo del odio y el deseo de perderse de vista.

    Ahí vamos.

  2. Tema duro el de hoy, y máa para mí que para otros.Yo soy divorciada, lo pedí yo y lo viví como un fracaso tremendo. Nunca pensé que una cosa así podía pasarme a mí, y siempre que me preguntan consejo digo que, si pueden, no lo hagan.
    Mientras que no hay niños, no me parece grave el divorciar, pero en cuanto los hay ya es otra cosa.
    Como docente veo los problemas que el divorcio ocasiona a los hijos. Naturalmente, a veces se consigue que no sufran demasiado, y que las consecuencias no sean graves pero siempre sufren porque los niños aspiran a ver a sus padres juntos y felices, a veces, largos años después del divorcio.
    Pienso que una sociedad donde hay mucho divorcio, es una sociedad egoista y que a la larga, carecerá de estabilidad.

  3. Se dice que en una entrevista a la gran Eleanor Roosevelt, un periodista le preguntó si alguna vez tuvo ganas de separarse de su marido.
    Esta le contestó que de dejarlo nunca, pero de matarlo…. muchas.

    Pués ese es el drama de muchísimas parejas.

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