Ayer al mediodía la plaza de Pigalle, el viejo caíz prostibulario y artístico de la bohemia clásíca, se llenó de profesionales de la prostitución o, como exige decir la corrección política, de ‘trabajadoras y trabajadores del sexo”, que exigían, una vez más, la liberalización del viejo oficio y un razonable estatuto capaz de garantizar su dignidad. Están hartos esos profesionales de ambos “géneros” de soportar el estigma que, por un lado, transforma a los putos (permítanme en adelante el masculino genérico) en mercancía, y por el otro, los contempla como víctimas a redimir por los buenos oficios de la solidaridad organizada. No quieren miserabilismo, nada de Zolas ni Baudelaires, si acaso un toque de Toulouse-Lautrec, el recuerdo fósil pero vivo de ‘la Goulue’, la libertad, siquiera imaginaria, de una relación emancipada, y que le vayan dando a los represores y a las feministas “cathos”. La “Pute Pride”, esto es “el orgullo puto”, desfilando descarado por los bulevares y con el objetivo de llegar a Matignon para cantarle las cuarenta a un Sarkozy recién vapuleado en las urnas. Los franceses pasan mucho de broncas y manifestaciones, mientras no irrumpan los ‘flics’, y contemplan con cierta indiferencia la exhibición de esos rebeldes marginados que gritan enronquecidos que llevan a gala su condición y explican que ellos no venden su cuerpo –como propone la doctrina sempiterna– sino que “ofrecen servicios sexuales”, que se limitan a cobrar a cambio de dar placer y que, desde luego, hay profesiones mucho peores que ésa. Nada mejor para evitar la explotación y desarmar a las mafias que dotar a los putos de derechos laborales completos, jubilación a su debido tiempo, paro como todo el mundo, seguridad social y, en resumen, igualdad de derechos con los demás trabajadores de la nación. Francamente, no había escuchado en mi vida nada tan profundamente “republicano” como esta demanda.                                                                   xxxxxLa protesta se dirige contra la vigencia de la ley de Seguridad Interior con que Sarkozy, en su época de ministro, inició el paquete de medidas contra el creciente desorden social que percibía la sociedad francesa y no sólo sus votantes. Una ley contra putos, pero también contra ‘okupas’, traficantes de armas, ‘hoolingans’, mendigos y homófobos, que según los primeros ha tenido consecuencias temibles sobre la profesión, en especial de orden sanitario pero también por lo que se refiere a su seguridad, al calificar como delito la prostitución callejera. ¡Suena lejana la cínica sentencia de Agustín sobre las ‘cloacas de la ciudad’ en medio de este griterío que rechaza igualmente el prohibicionismo conservador y el abolicionismo de las izquierdas! “Estamos orgullosos y hay peores oficios”: a ver quien discute eso. El Senado romano desterró a una roca perdida en el mar a una matrona confesa de haberse prostituido, prohibió casarse y testar a las putas, les limitó el horario y les impuso un atuendo, pero todo ello no impidió que Mesalina destacara en el oficio. Tampoco sirvieron para gran cosa los “picos pardos” que se les impusieron en la España carolina –tal vez porque tratar de impedir ese tráfico voluntario viene a ser como ponerle puertas al campo– como de nada sirvieron las “regulaciones” que hicieron tanto la República como Franco cuando se dice que en un Madrid hambriento una de cada veinticinco mujeres ejercía el oficio. Pero ellos lo tienen claro: “Hay muchas almas buenas que creen saber mejor que nosotros lo que nos conviene. ¡Eso no es más que putofobia!”. Alguien, desde la acera, interpela a una manifestante: “¡Nadie nace con vocación de puta!”. Y le responden desde la calle: “¡Toma, ni de cajera de supermercado!”. Baudelaire sostuvo que el amor no era más que el gusto por la prostitución y que no existía placer noble fuera de ella. Quizá derechas e izquierdas deberían leer más poesía.

1 Comentario

  1. Confieso mi desconocimiento del mundo de las izas, rabizas, etecé. Pero por poco que una viva en el mundo, sabe que el colectivo de la ingle -y otras zonas erógenas- es mucho más heterogéneo que el de los obreros de la construcción, por ejemplo. Soladores, yeseros, alicatadores, oficiales, peones y poco más. En el viejo oficio están desde la yonki infeliz esquinera, al que su maromo le controla hasta el último euro y le escatima su papelina hasta las esclavas extranjeras de los ‘hostales siempre completos’, que se anuncian en colores por la noche. Desde la autónoma, tipo la Charo de Carvalho -pocas- hasta la señorita de alto estandin que se contrata en agencias con oficinas a tutiplén. Desde las gogós de la barra vertical tan insinuantes, a las ínfimas obreras de la cuneta en los polígonos industriales. No veo fácil ponerle vallas legales a ese campo. En fin. Por ahí pululan aún las anécdotas de Saínz Rguez. tan monárquico él -y meapilas, supongo- y su racanería al contratar lo más baratito del género.

    Pero como hoy he pasado por la taquilla del kiosco, me permito una glosa de un editorialillo de la hoja de opinión de Andalucía. A una sñora madre la han condenado a pagar la reconstrucción dental del adolescente, a quien su angelote de 14 añitos, se la había destrozado previamente. Pónganse en cualquier bromita o gesto de cariño: varias patadas en los morros, una serie de golpes con la pitón del vespino… en fin. Me recuerda que en USA, ese imperio del Mal para tantos, por lo que una ha leido, cuando una criaturita inocente de pocos años arranca una señal de circulación, destroza una farola o decapita una estatua, sus señores papás tienen que apoquinar hasta el último centavo del último maldecido dólar. Aunque sea embargándole por veintiseis años el 40% del subsidio de desempleo o como se llame allí. Nada de insolvencias. Ningún método más convincente para inculcar el civismo que el camino que pasa por la cartera. Del bebé crecidito o de sus progenitores. Aquí el vandalismo es tan gratuito que a veces a una le dan ganas de salir a la calle con una machota en el bolso y golpear hasta la extenuación algunas obras de arte o de elogio que se te cruzan por la rúa. (Perdonen la disgresión).

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