La imagen de esos inmigrantes traídos y llevados como pandero de bruja, de Canarias a Barcelona y de Barcelona a Almería, embarcados en un vagón con unos cuantos euros por todo viático, degrada hasta un punto lastimero esta democracia tambaleante. ¿Quién decide el destino de esos desgraciados y con qué atribuciones los remite a Almería como quien manda desechos a una planta de reciclaje? No sé qué será peor, si la incompetencia de la autoridad para zanjar o, cuando menos, limitar razonablemente esa invasión, o el desprecio con que, una vez rodadas las benévolas imágenes para el telediario, se le aplica a tantos miles de ciudadanos sin patria ni derecho. El Gobierno y, sobre todo, la Junta han de aclarar por qué desde Cataluña se nos envían sin permiso remesas de inmigrantes, mientras nosotros podíamos entretenernos en imaginar qué podría suceder si desde aquí se enviaran a Barcelona vagones y autobuses de personas no deseadas. Demasiadas palabras pero hechos que hablan por sí solos. Esa imagen refleja no sólo un grave problema de nuestras sociedades sino el gran fracaso de nuestro Gobierno.

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