Una violenta reacción social ha forzado a los subasteros parisinos del Hôtel Salomon de Rothschild a suspender su anunciada puja de la colección personalísima del último verdugo francés, Fernand Meyssonnier, que fue ni más ni menos que el capo de los verdugos que actuaron en Argelia durante el conflicto de la independencia.  He visto desconcertado el singular  catálogo del evento, y he escuchado a la hija del canalla proclamar que, contra la idea probable de que su padre  –autor comprobado de 198 ejecuciones– fuera un una persona “effroyable”, un verdadero monstruo, la realidad es que es un hombre sensible, jovial, entusiasta y tenaz en cuanto se propone que, eso sí, declara sin inmutarse que la legitimación precisa para eliminar a esos justiciables es tan simple como la que nos faculta para eliminar piojos aplastándolos con el pulgar. Monsieur Meyssonnier está orgulloso de su pasado, se dice trasnieto del sayón que decapitó a María Antonieta y sobrino del último que, no hace tanto,  manejó la guillotina en su país, y ha logrado reunir un repertorio de instrumentos de tortura –una soga dedicada, una bañera que se usaba para depositar las cabezas cercenadas, un cesto para transportarlas, un “estruja-manos”, una “poire d’angoisse”, un collar con pinchos, una picota o una máscara opresiva– repulsivo repertorio por la adjudicación del cual la familia pensaba obtener no menos de 200.000 euros, hasta que el Gobierno, abrumado por las protestas, ha decidido ejercer su derecho de tanteo y reservar ese muestrario horripilante para el patrimonio histórico.  Siempre tuvo el verdugo su lado imponente en el expositor de la fama. Esa minerva ilustrada y espléndida de la reacción, Joseph de Maistre, lo consideraba nada menos que la piedra angular de la sociedad. Seguro que Fromm nos lo explicaría sin despeinarse.

Nunca sabremos, por más vueltas que le demos, si el hombre, considerado en abstracto,  es bueno o malo por naturaleza, no apostaría yo mis cuartos ni por Hobbes ni por Rousseau, ahora bien, a medida que paso mis años más me convenzo de que una íntima fibra sádica va incluida en el ADN de la especie, o sea, que la maldad ni es la regla ni es la excepción, pero anda por ahí en medio aguardando su  momento. En USA ha pasado de costumbre a derecho la asistencia a las ejecuciones en las que los allegados y deudos de la víctima tienen sitio reservado, junto a los periodistas acreditados y algún  que otro curioso con influencias. ¿Qué animal asistiría impávido al suplicio de sus congéneres? El hombre no sólo asiste sino que es capaz de pujar, en una subasta, por los avíos de matar.

3 Comentarios

  1. De acuerdo en lo último que dice, en eso de la “intima fibra sádica” que escodne la naturaleza humana. Explica muchas cosas esa tesis.

  2. Alguna vez leí un libro sobre los verdugos espaoles y erac escalofriante la ajenidad con que esos desgraciados hablaban de su oficio. Pero no olvodemos que el criminal no es el ejecutor nsin el Estado.

  3. Es una lástima, señor gomez marín, que no escriba usted en los madriles, donde me dice un amigo común que ha pasado media vida, porque aquí puede estar seguro de que nadie reparará en la tarea que hacve usted a diario. Soy ingeniero de Caminos jubilado y me deleito cada mañana enriqueciéndome con sus constantes sugerencias y tesis muchas veces valiosísisimas. Sepa que somos muchos los que pensamos igual, sobre todo cuando vemos a quien premian en su gremio sus propios colegas…

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