En España sabemos bien lo que ‘cuesta’ estudiar. No tanto lo que ‘vale’ el resultado del estudio, que es, desde luego, según los propios datos oficiales, mucho menos de lo que debiera. Concretamente sabemos ahora que nuestro país es el miembro de la OCDE para el que menos vale el estudio a la hora de acceder al mercado de trabajo o de hacer valer dentro de él el título conseguido, dicho en otros términos, el país en el que menos compensa estudiar desde la perspectiva de trabajo, un fenómeno a contrapelo de lo que ocurre en la mayoría de las sociedades desarrolladas y en países tan diferentes como los EEUU o Corea.  Con título o sin él, nuestros jóvenes se mueven en una atmósfera severa como un ejército malpagado –19 millones de ‘mileuristas’, es decir, el 40 por ciento de la población y el doble de la media europea– que afronta su vida en precario con un talante de provisionalidad explicablemente traducible en actitudes que fluctúan, como no podía ser de otra manera,  entre la actitud escéptica y el puro pasotismo, viviendo en comunidades forzadas por la insolvencia y adaptados a un “mal pasar” que, con el tiempo, ha de romper, seguramente, en el oportunismo más elemental. Es todo el sistema educativo el que falla, desde luego, y no sólo el mecanismo de recepción del saber académico en el mercado. La ministra de Educación acaba de cifrar en un 30 por ciento el número de estudiantes que fracasan en la escuela, cifra ligeramente inferior a la del ejercicio pasado, pero que todavía supone el doble de la registrada en la media europea, de cuyo salario medio (más de 34.000 euros anuales) dista mucho el percibido en España, donde no llega a 20.500. Todo encaja, pues, como puede verse, nada es casual en nuestro desfase respecto a Europa y poco o nada conseguirán las Administraciones “disimulando” la causa primera de este fiasco a base de flexibilizar benignamente el “progreso” en la escuela. Ahí están esos 10 millones y medio de españolitos titulados que no llegan al doble del salario mínimo interprofesional. Al mercado español, por el momento, le importa poco el nivel académico de sus trabajadores. Sólo nos queda decidir de quién es la culpa.
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A la depreciación de los títulos ha contribuido más que nada el mismo menosprecio oficial del conocimiento. La tesis que expresa el adagio chusco “to er mundo vale pa to” habla por sí sola y la imagen de un portavoz del partido gobernante declarando, satisfecho e insolente, que gana un millón de pesetas al mes sin haber superado el primer curso de carrera nos dice el resto. Sin que quepa minusvalorar el efecto perverso del “exemplum” cotidiano, hechos como la noticia de que un señor sin mayores méritos gane en una mañana, sin salir de la notaría, unos cuatro mil millones por comprar y vender una finca a la sombra del poder político municipal, o cualquiera de los capítulos de la saga marbellí. En mi opinión, no sólo el mercado es escéptico ante el saber por razones conectadas con la suficiencia de la automatización tecnológica y demás, sino que la propia sociedad, y en primer término los nuevos trabajadores, han percibido que no hay relación entre el nivel de formación y el mérito mientras que sí lo hay entre el oportunismo (político, en especial) y la recompensa que ofrece el Sistema. No hay más que ojear las nóminas públicas pata comprender que vale infinitamente más “colocarse” adecuadamente en el ‘aparato’ de un partido con poder que cualquier acreditación académica imaginable. Como no hay más que percatarse de la indigencia intelectual de nuestras elites para entender que el desinterés por la cultura y el conocimiento concierne y radica en el propio Sistema y no en quienes sufren sus efectos. La ministra debe entender que fracaso escolar, subempleo y precariedad están íntimamente ligados en una misma trama lógica y que no será posible deshacerse de ninguna de esas lacras sin enfrentarse a las demás.

4 Comentarios

  1. Ha puesto usted, mi don Anfi, el dedo en la úlcera más sangrante de mi espíritu. He asistido de cerca y de lejos, y otra vez de cerca, el deterioro de la llamada … dudo entre educación, ojalá, enseñanza, docencia, discencia…dejemos que cada cual elija el término.

    Mi don Villar Palasí, allá en el 70 promulgó la ley General, madre de muchos de estos descarriados hijos. Educación General Básica, se llamó la cosa y no iba descaminada, aunque tampoco era una joya. Escuela obligatoria hasta los catorce y currículo idéntico ‘pa tós’. Po fale.

    Antes que la malhada Logse, en el 85, creo que con el Solana de ministro, se publicó la LODE, madre de la malhadada, donde ya se introdujo una retórica nefasta y una prosa llena de buen rollito y escasas virtudes.

    De la ya repetida Logse (1990) escojo esta perla :”La vertiginosa rapidez de los cambios cultural, tecnológico y productivo nos sitúa ante un horizonte de frecuentes readaptaciones, actualizaciones y nuevas cualificaciones”. O sea que 5 años después, el primer engendro se había quedado obsoleto. Sus frutos son los que hoy amargan a millares de docentes y tienen sumida en la más cruel ignorancia a varias generaciones.

    Los dos gobiernos gavioteros, sobre todo el segundo, tuvieron años para remediar la cosa. Pero lo dejaron para última hora, confiando desarrollar su LOCE en el tercero que daban por seguro. No pensaron en ningún momento que el Pisuerga pasa por Valladolid y los cercanías por Atocha.

    Ahora la señora Cabrera y Calvo Sotelo, ojo al dato y al apellido, esposa de quien sabemos, imita a los grandes almacenes y habla ya de las terceras rebajas. Más barato todavía.

    Si en los 70 no valía igual un título de la Autónoma o de Bellaterra que uno de Murcia o de Sevilla, ahora ya sí. Son todos iguales de inconsistentes y vacuos. Más de veinte años las Alma Mater han sido factorías de titulitis y ahora un “S. M. El Rey de España y en su Nombre el Ministro de Educación…” vale tanto como una nube de algodón de azúcar de cualquier verbena.

    Y ahí andamos. Codeándonos con Malta en niveles académicos (12 a 1 en fútbol) y dando trabajo en el melocotón a polacos ingenieros o moldavos informáticos. Nuestros licenciados reponen en las estanterías de los híper cuando no hacen oposiciones al servicio de limpieza de los ayuntamientos. Pena. Y el molt honorable bachiller Montilla y el ínclito número tres del Partido, viviendo a cuerpo de rey, quemando pólvora del ídem.

    (¿Qué tal el exhibicionismo de hoy, mi don Nemo?)

  2. Deprisa y corriendo les escribo para decirles que mi aparato esta kaput y que sigo leyendóles de cuando en cuando.
    De las elecciones francesas poco puedo decir, salvo que me gustó el comentario de don Jose Antonio. Voté Segolène, sin ganas ni convencimiento, pero pensando que como somos un pueblo imposible de gobernar, quizas con la izquierda la gente aceptaria mejor las reformas necesarias. Veremos lo que hace este señor. Le deseo toda la suerte del mundo: lo que le toca hacer no es facil y hablamos de un pais, un pueblo, gente que trabaja y sufre, a quienes quiero.

    Besos a toda la peña.
    Marta

  3. Que bien comentado el brillante artículo del anfitrión Sor Llagas!. Para ampliar la información y seguir con el dolor y la angustia de la educación, o como quiera llamrala, en España, decir que la Sra Ministra de Educación ha copiado poco de quienes portaron tan ilustres apellidos. Por la aprte que a mi me toca, creo que es sobrina nieta de uno de los científicos españoles más relevantes. O sea que podría haber aprendido de su familia y no de su marido. Pena!.

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