El último tango

Durante la década de los años 70, muchos universitarios españoles y franceses, tuvimos abierta la cita en la, universidad de Pau, por el profesor y exiliado Manuel Tuñón de Lara, el Congreso de Historia Contemporánea de España, ocasión singular para la mayoría de asomarse a la nueva versión del pasado nacional que iba perfilándose ya y acabaría por cuajar, en especial en torno a la crónica del movimiento obrero en España. Recuerdo que fui a algunas de sus primeras convocatorias (¿73, 74?) acudiendo en coche desde Madrid en compañía de Gabriel Tortella, por entonces ya flamante profesor en los EEUU, Jean-Paul Botrel, a quien aguardaba una brillante carrera académica, y donde nos encontrábamos con entonces jóvenes profesores como Javier Tusell o Juan Ferreras, que ejercía en La Sorbona, o el generoso y joven maestro Elías Díaz. Nadie ignoraba que el evento era auspiciado por el PCE y en su ámbito podría encontrarse desde algún espía camuflado hasta la mesa donde un grupo etarra se empeñaba en captar voluntades pero, como ha ilustrado el propio Tortella en un precioso recordatorio, Tuñón mismo cuidaba de mantener separadas las ansias políticas del escenario investigador.

Eran los años en que muchos españolitos viajaban (con sus mujeres a cuesta) hasta Pau, Perpignan y otras localidades próximas a la frontera para asistir a la proyección del cine prohibido y muy señaladamente a la de “El último tango en París” que luego era discutida con celo en sus detalles en las reuniones posteriores celebradas en la terraza de “La Coupole”. Pero hay que reconocer –y ahí están las ediciones de sus sesiones editadas tras cada Congreso— el esfuerzo intelectual sin precedentes que supuso encarrilar una pormenorizada crónica del XIX español y, en particular, de la formación e historia del movimiento obrero a la que no fueron ajenos, entre otros, los trabajos complementarios de Antonio Elorza, Álvarez Junco, Carmen Iglesias o del desdichado A. M. Calero Amor.

Salir al exterior, respirar aires de libertad en la universidad francesa fue un privilegio de no pocos de nosotros, entre los cuales algunos alcanzamos a frecuentar en su propia casa la afectuosa amistad de Tuñón, lo que no nos impide hoy (a algunos) comprender la estrechez ideológica en que, a pesar de la mejor voluntad, todavía habíamos de movernos. Por la noche, en nuestros paseos a la orilla de la Gave du Pau, continuábamos nuestros maratones dialécticos espoleados por la virtud del “pastis” o del Calvados. Mirando atrás sin ira ni complacencia, no pocos echamos de menos aquellas oxigenantes excursiones en las que, por unos días, nos era dado desprendernos del asfixiante corsé generacional.

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