En el ejemplo de Ramón Tamames podría descansar la confianza quienes desesperan ya ante el auge de la poligrafía, ese contrapunto de la cultura especializada que es la fibra más íntima de nuestra vigente mentalidad. No pueden negarse méritos y ventajas a la especialización ni se trata de cuestionar el recurso a la poligrafía, pero entiendo que debería distinguirse esta hijuela de la curiosidad intelectual del empaque sólido del polímata, ese otro espécimen cada día más raro del que Tamames es un incuestionable prototipo, porque una cosa es florear entre los saberes y otra muy diferente penetrar a fondo ellos.

Cuando conocimos a Tamames en la Universidad de loa años 60 –recuerdo sus clases de Estructura Económica y las de José Luis Sampedro como un ejemplo de curiosidad intelectual—advertimos ya en su docencia una especialísima singularidad cultural. Hablaba Tamames de la oferta y la demanda, de la causalidad de las crisis, de Smith y de Ricardo (a Marx no se podía mentar siquiera por aquel entonces), salpimentando su discurso, para inducir a la crítica, con visiones y panoramas del día, para completar la admirable información que ofrecía en su manual sobre aquella asignatura, uno de los libros más exitosos de la generación.

Pero ha sido el Tamames de la grave madurez quien, traspasada ya tanta experiencia vital y de vueltas de una política –en la que creo yo que siempre le perjudicó “saber demasiado”– el que nos ha descubierto la imponente talla de eso que he llamado el polímata, es decir, el sabedor de muchos saberes, el casi enciclopédico conocedor que contrasta con el ideal hodierno, esto es, el especialista. Quienes seguimos su obra desde el comienzo no hemos dejado de sorprendernos ante esta avalancha de experiencias científicas y culturales tan diversas que nos ha descubierto en él al historiador ambicioso junto economista esencial y, en su imagen, tanto al íntimo “homo religiosus” empeñado secularmente en averiguar cosmogonías, como al hombre de estudios que sido capaz de viajar desde una intuitiva sociología de la educación a una saludable pedagogía social. Asombra tanto en esa obra vasta su desvelamiento del “milagro” chino como su recreación de un Cortés que ni sospecha el botarate que hoy preside México, la síntesis de la sociedad franquista que hizo tempranamente por encargo de Artola como su análisis de las causas y remedios de la actual pandemia, por no hablar de su pionera labor en el terreno de la ecología o sus reflexiones y críticas de nuestras realidades políticas. Su último desafío ha sido ese “La mitad del mundo que fue de España”, una imponente visión retrospectiva de lo que fue el Imperio, de cómo funcionaba –hay mucha “historia de las mentalidades” diluida en esas páginas—y, por supuesto y entre líneas, de las causas de su pérdida y desplome. Me pregunto (seguro de no ser yo sólo) como cabe en una vida, tan dilatada experiencia. Y me asombra (seguro también de que como a muchos) el ejemplo señero del sabio incansable cuya única incapacidad fue la de poner coto a su ilimitada curiosidad intelectual.

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