El manejo de la Dipu para condenar a los tránsfugas apoyados en tránsfugas resultaría cómico si no fuera dramático. ¿Cómo erradicar esa lacra contando con los propios leprosos, apoyándose en sus votos, teniendo en cuenta sus miserables argumentos? El transfuguismo es un negocio que no sólo beneficia a los golfos/as que lo practican sino a los partidos que los respaldan en su juego sucio, a los dirigentes que dan sus vistos buenos si es que no suministran la propia idea. Si existen personajes como los tránsfugas colectivos de Aracena o Gibraleón, si se lanza humo para que no se vea qué ocurre en el laberinto de Beas, es porque los “aparatos” implicados así lo quieren, si se paga a manos llenas a los traidores es porque el negocio no es exclusivo de ellos. En Huelva se están batiendo todos los récords de cinismo y amparo al transfuguismo quizá porque de ese cenagal sacan los mandarines partidistas sus únicos “éxitos”. Manuel Guerra o Esperanza Ruiz no serían nadie sin Barrero y Cejudo. Lo malo es que, a estas alturas, quizá estos tampoco lo serían sin ello.

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