Es posible que un universitario actual no se haga idea cabal de lo que era un Decano de los viejos tiempos por no hablar siquiera de lo que representaba un Rector. En medio de la continuas tensiones de la convivencia universitaria provocadas por la oposición al régimen dictatorial, hubo, ciertamente, cargos que se plegaron a los dictados políticos pero también personajes que supieron mantener la hoy, en muchos casos, casi desaparecida dignidad académica. El ambiente de continuo ajetreo y hasta de violencia vividos en nuestras Facultades, era compatible, por ejemplo, con Decanos como Pérez Botija, que era un dandy de estricta observancia, del que se rumoreaba en la Facultad de C.C.P.P. y E.E tanto como en el Instituto de Estudios Políticos que reservaba permanentemente un vestuario completo en la institución en previsión de un eventual desdoro del que usaba de ordinario.

Pocos casos como el del maestro de procesalistas don Leonardo Prieto- Castro, a quien la turba estudiantil llamaba expresivamente en las “fiesta del rollo” y en latín macarrónico, cuando lo era, nada menos que “pluscuanperfecto Decano”, figura imperturbable y, ciertamente, respetada, a la que tocó lidiar con la marea que condujo al 68 –incluido el grave incidente provocado por los carlistas progres en el recibimiento en la Facultad de Derecho complutense del entonces Príncipe de España— y finalmente dimitido irrevocablemente en la primavera de aquel año tempestuoso cuando, encabezando a los estudiantes a la puerta del centro, fue alcanzado por la manguera policial, dando origen, además, a una desmesurada demanda judicial contra el Estado que pretendía la reparación costosísima de los daños causados por la represión a su impecable indumentaria, indemnización que, por supuesto, jamás llegaría a conseguir.

Quizá falta aún el balance de aquella situación conflictiva –la normalidad hubiera sido impensable en una Universidad aún viva–, en la que se produjeron acciones lamentables, sin duda, por parte del bando estudiantil, sólo explicables por la brusca terquedad de un poder que intentaba en vano –ya desde los disturbios del año 56 y el fallido rectorado de Laín Entralgo— establecer en la Universidad un clima mansueto. Hoy no alcanzaríamos a imaginar siquiera situaciones como el intento de defenestrar a un decano barcelonés o la escena indignante de la pintada integral y pública de un profesor, pero tampoco, me temo, posturas altivas como la del gran procesalista pasándole al Estado, en reparación del ultraje recibido, una factura del sastre que superaba con mucho el salario anual de un docente, como me ha comentado más de una vez el yerno de don Leonardo, y también ya maestro, Ramón Tamames.

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