Cualquier cosa podía esperarme yo de mis amigos leperos menos verlos metidos de hoz y coz en un cuento de tesoros, hoy que los niños han olvidado ya esas fantasías, entretenidos como están con las peripecias de Bob Esponja y el desafío de sus “nintendos”. Pero ahí lo tienen: esta misma semana ha habido que levantar cinco losetas de la iglesia de Santo Domingo –la misma que cuando el tsunami de Lisboa perdió su espadaña—en busca de un tesoro anunciado por un anónimo que, durante un ensayo, encontró el miércoles pasado, y por casualidad, un grupo flamenco que ensayaba sus artes en el templo. Un viejo papel caligrafiado a lápiz, depositado bajo una de las losas, enviaba al futuro el consabido mensaje: “Año 1936. Los rojos me persiguen, he escondido mi mejor tesoro cinco losas a la izquierda. Si muero, espero que caigan en buenas manos”. Y el párroco decidió investigar el misterio, quién sabe si sugestionado por el famoso asunto del oro de Rennes-le-Château que consagró el camelo brillante de Gérard de Sède hace más de cuarenta años y que ha convertido aquella aldea en un centro turístico de primer orden, siempre en el ámbito penumbroso y sugestivo de cátaros, templarios y masones. No había nada, por supuesto, bajo el enlosado lepero y, en cierto modo, casi me alegro porque el rollo del tesoro era lo que le faltaba a ese pueblo notabilísimo para rematar una de las famas más impropias que yo he conocido. Mejor así: Lepe ha sido y es (desde los “Canterbury Tales” por lo menos) un pueblo industrioso que no se merece otra leyenda que la muy auténtica de su talento.

Hoy día no hay ya tesoros a salvo de los detectores que gasta la rapiña arquelógica y menos aún leyendas de tesoros ocultos como la que yo mismo oía contar en mi casa familiar y que, como tantas, resultó ser una farsa embromada. Si acaso quedan hoy tesoros hay que buscarlos, no en los mapas de islas ignotas, sino en las gerencias de urbanismo, no en la clave canalla y romántica del capitán Flint sino en las trapacerías y el arte menor de los poceros, giles, rocas y sandokanes, que no buscan doblones sino expedientes, ni ducados sino recalificaciones. No es hodierna la imagen de la tripulación maldita ni quedan ya islas que no vengan en las cartas de marear, del mismo modo que no es creíble para un cura de Lepe –¡aunque lo haya sido!—una patraña como la que explotó tan misteriosamente aquel Berénger Saunière que sostenía con diablos su pila de agua bendita. Un genio del catolicismo disidente dijo, va ya para dos siglos, que cuando Dios condenó al hombre al trabajo escondió en éste un tesoro. Quizá. Al menos los leperos han trabajado toda la vida como atenidos a esa sentencia.

3 Comentarios

  1. (divertida pero sin gafas) Pues yo que soy muy romantica todavia creo en los tesoros escondidos y que se descubren por pura casualidad. Sin ir mas lejos , mi hombre es lo que es: un tesoro descubierto por pura casualidad.
    Besos a todos.

  2. Si quieres ver Lepe en estado puro, sin complejos ni prejuicios, visita el mejor Blog del mundo sobre esta localidad andaluza:
    LEPE TAL Y COMO ES.

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