La idea de que la vida sobre el planeta tiene fecha de caducidad está repartida, como saben los antropólogos, por infinidad de culturas, y tiene la peculiaridad de ser uno de los pocos mitos primordiales que alcanzan nuestra actualidad. La expone, en la versión para nosotros más clásica, el Apocalipsis de Juan, pero hay otras formulaciones que han tenido éxito más o menos efímero, por lo general en variantes milenaristas. Esta temporada está viva la polémica sobre la profecía contenida en el famoso calendario maya, según la cual ese fin del mundo tendría lugar el próximo 21 de diciembre y bajo los signos habituales del imaginario mítico, un pronóstico al que aguarda –corto me lo fiais—un inminente fracaso semejante al recibido por los agoreros del 666 o “día de la Bestia” y a algunos otros que jugaron su baza al filo del Milenio. Bien recuerdo en mis días adolescentes la campaña terrorífica en torno al “tercer secreto” de Fátima, que anunciaba el apocalipsis para el año 60, anuncio que arrimó al Año Nuevo correspondiente una palpitante expectación luego sublimada en la gran juerga colectiva que siguió a la última campanada. PIO XII, Juan XIII, Pablo VI y Juan Pablo I tuvieron acceso a la carta de sor Lucía que anunciaba, entre otros prodigios, la conversión de Rusia, pero sólo el último se decidió a autorizar una revelación que resultó, ciertamente, ambigua y con la que hubieron de pechar los cardenales Sodano y Ratzinger. Todas las culturas han conocido ese anuncio de los tiempos finales, siendo como es tan vulnerable el inconsciente colectivo, y ahora nos toca esperar cosa de siete meses para confirmar el fiasco de los astrólogos mayas. ¿Y querrán creer que un quince por ciento de los terrícolas esperan acongojados presenciar el apocalipsis, repartidos desde la Inglaterra a Sudáfrica y desde Bélgica a Turquía? Pues créanlo porque así lo ha determinado una importante encuesta confeccionada para Reuters por el Instituto Ipsos. Una vez más recordaremos la convicción de Cassirer de que “sapiens sapiens” es un animal simbólico.
Nunca dejará de asombrarnos la proclividad de la mente humana hacia lo irracional y mistérico, que se presenta en proporción inversa a la cultura propia, pero que ni siquiera en los medios más protegidos por esa cultura deja de manifestarse. El éxito del quiliasmo, es decir, de los anuncios milenaristas, parece enraizado en una segunda naturaleza fácilmente alcanzable por la sugestión del misterio, que es lo que, en el fondo, pensaban Norman Cohn o Peter Worsley. La inocencia es el rasgo de nuestra senilidad como especie. En diciembre, cuando la vida siga, ya verán cómo un nuevo augurio apocalíptico no tardará en surgir.

4 Comentarios

  1. No tengo edad para recrodar la anécdota del 60, pero se la he oído a mism padres muchas veces. Pero, oiga, don ja, ¿no le parecve que este mudno se está poniendo de una manera que justifica a los apocalípticos?

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