He escuchado con el natural escepticismo la consideración del portavoz de PSOE federal calificando las sugerencias de que la detención de Pantoja ha servido de cortina de humo al coladero de Batasuna en las instituciones. También las insinuaciones o proclamas, según, de quienes se han lanzado a afirmar justo lo contrario, a saber, que si esa detención estaba prevista desde hace dos semanas –¡y en la misma comisaría visitada por ZP en la misma mañana de la detención!– la hipótesis de que el ‘pantojazo’ haya sido utilizado como cortina de humo cobra una consistencia evidente. Una tv privada daba el jueves un resumen/calendario de lo más ilustrativo al hacer coincidir cada bastinazo gordo del Gobierno en el llamado “proceso de paz” con un escándalo de órdago, casi siempre relacionado con el inagotable vivero de sustos que es Marbella. Un lío, ya digo, una espiral laberíntica por la que se arrastra hacia adentro la confianza pública que, por muy distraída que resulte ser, no es tonta ni mucho menos sino capaz y capataz de hacerse cargo de las cosas que saltan a la vista. Una detención en condiciones de la artista, su internamiento en la cárcel o, simplemente, la imposición de una fianza de cuidado –y ha habido unas cuatas en los últimos años, algunas escandalosas– habría prestado al caso una pátina de credibilidad que, ciertamente, las circunstancias en que se ha producido no producen ni de lejos. Demasiados indicios sugieren que la Pantoja ha sido víctima de un oportunismo jurídicamente irreprochable, seguro, pero más claro que el agua: hasta un idiota sabría que su imagen bajando del furgón policial eclipsaría el notición de la semana que, sin duda posible, es el estudiado truco que va a permitir a una organización terrorista (Batasuna figura como tal en la lista de la UE) volver a los Ayuntamientos y, con ello, no sólo recuperar la presencia política sino la solvencia financiera. Que no hay quien se crea ya eso de que la Justicia es ciega, vamos, pero repartamos culpas entre los espectadores. No pocos entre quienes afirman que la injusticia es inevitable olvidan que lo es precisamente por lo mucho que se parece a ellos.
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Entre tantos indicios sospechosos el más inquietante va implícito en la alusión de ZP en su discurso marbellí a los famosos que sucumbirán, caiga quien caiga, dada la rectitud y la energía moral de unos Gobiernos que –resulta imprescindible repetirlo– han presenciado impávidos el saqueo de la ciudad. ¿No ha dicho el juez instructor –el mismo que ha detenido a Pantoja –respetemos, pues, la independencia judicial– que la Junta no es una perjudicada sino una beneficiaria de ese saqueo en la medida en que ha cobrado miles de millones, vía impuesto, de las obras ilegales? ¿No probó Gil ante el juez que el propio PSOE trincó un pelotazo cienmillonario (caso Montaner) a cambio de determinada recalificación urbanística? Detener a la Pantoja es mucho más fácil que explicar el caso que acabo de mencionar o el hecho, nada despreciable, de que ni siquiera fue devuelto nunca por el partido ese dinero negrísimo que le endilgó el propio Gil. Y una operación que, fatalmente, eclipsaría el contencioso batasuno, sustituyendo la imagen renqueante de un  Gobierno rehén de un miserable como De Juana o de sus pactos con los pistoleros, fomentando la “salsa rosa” que ya va siendo hora de que comencemos a comprender que no es sólo un deplorable gazpachón alcahuete sino un fabuloso instrumento de alienación que le puede venir a un Gobierno en apuros como anillo al dedo. Carlos Herrera ha calificado a Pantoja como “la linchable carnaza” de unos cuantos desalmados/as que viven del “tomate” nacional. Yo creo que los linchadores no han sido sólo esos miserables sino instancias mucho más altas y excelentísimas. A poco que nos descuidemos, Marbella puede acabar siendo un auténtico Trafalgar de la moralidad pública.

1 Comentario

  1. Ay vayapordió, vayapordió, mi don Jefe. Que hoy se ha tenido usted que arremangar y meter las manos en el lodo. Tempranito, que para eso es sábado, le he leído cafelito en taza. Casi tengo que pedir las sales porque me privaba. Egque… como diría el Bonito, hay nombrecitos que a una le dan arcadas. Que si el ballenato difunto Gil, que si el criminal del norte con sus paseítos y sus polvetes hospitalarios y ahora de paseo y shopping, que si la Ipunto, Pepunto, como la llaman algunos, que si el arquitecto consejero y sus trinques descaraos. Qué quiere que le diga, que tuve que esperar un poquito a que se me asentara el estómago para poder desayunar.

    Pero qué le vamos a hacer. Es sábado, sabadete y todos los días no puede repicar a gusto de la parroquia. (Una confunde la parte con el todo y me considero parroquiana VIP. Qué poca vergüenza tiene esta monja). Lo que pasa es que el temita no me da para más: Yo he visto a un lobo que de carne ahíto, dejó comer los restos de un cabrito a un perro ruin que contempló su robo. No se quedará hoy mi don Arouet fatigado con la perorata. (Je t’aime, mon François, malgré toi.)

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