Más allá de un doctrinarismo superficial, no sabemos lo que es el alma ni en qué consiste. Lévy-Bruhl en su lejana y maravillosa obra nos explicó definitivamente el significado de ese concepto determinado culturalmente que en absoluto significaba lo mismo para un sueco que para un bantú, y cuya sustancia mítica y conceptual se escurre como la arena entre los dedos. En la actualidad buena parte de la teología afirma que el alma, lejos de ser un componente del cuerpo humano, designa al hombre entero “en cuanto animado por un espíritu de vida” (Léon-Dufour, por ejemplo), y admite que, objetivamente se llama “alma” a todo ser vivo, incluso el animal irracional, cosa que no constituye ninguna novedad puesto que ya en Números 6,6 se designa a un cadáver como un “alma muerta”. Siempre me impresionó la broma de Cioran cuando escribió en sus “Silogismos de la amargura” aquello de que el hombre tiene en su cuerpo un disfraz de arlequín: su alma. Y ando reinando en este tema porque acabo de enterarme en una prestigiosa revista científica que el desciframiento del genoma del gorila nos ha deparado la sorpresa de que su semejanza genética con “homo” es mucho mayor de la esperada, y concretamente, que al compartir con nuestra especie no pocos genes del 1 por ciento que nos separaba del chimpacé, nuestro supuesto ancestro, es evidente que la genómica no alcanza para desentrañar el misterio y que algo fundamental nos falta aún por descubrir para entender nuestra identidad profunda. Lo que quiere decir que somos primos de esos simios fantásticos pero primos muy lejanos, dado que cuando ya no resulta posible mezclar los genes entre una especie y otra lo que hay son dos especies diferentes. Vale, pero entonces ¿qué es eso que falta, qué sublime alcaloide animador  escapa todavía a los sabios empeñados en descifrar la enjundia última de lo humano? Ahora sabemos que, desde luego, no hemos de encontrarlo en el mínimo margen genético que nos separa de nuestras parientes braquiadores. El “mysterium fascinans” sigue ahí, como una muralla inaccesible a nuestra inteligencia.

No sabemos qué nos hace humanos –al margen de la fe, se entiende–, no tenemos ni puñetera idea de que nos hace tan distintos y superiores a esa parentela simiesca, pero cada día se hace más evidente que algo crucial que se nos escapa no cabe dentro de nuestro actual paradigma científico. El mito no está ahí por casualidad, sino porque nuestra limitación, como bien saben los antropólogos, nos hace soñar con los ojos abiertos. Estamos atrapados en ese territorio ambiguo que separa lo sagrado de lo profano. Lo que me pregunto es si seguiremos estándolo siempre.

2 Comentarios

  1. Sabio y delicado asunto, querido amigo, de lo más alto y fino. Mucha gente podría no entender tu preocupación bioética, aunque yo sé bien que ees simplemente racional y al mismo tiempo religiosa…

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