A medida que admiro y creo más en la divulgación científica  voy convenciéndome de la mala suerte que ha tenido la especie en helecho de que la Ciencia, por más que por fuerza se mueva dentro de un paradigma de imperioso condicionamiento social sea una cosa tan personal, sea en el fondo una cosa tan personal y, en cierto modo, intransferible. Echa uno de menos una especie de plan universal, algo así como un programa concertado al que los investigadores se adhirieran y fueran sumando en lugar de ir por libre en esa carrera que, en tantas ocasiones, los transporta al reino de la extravagancia.  ¿Qué pensar de un sabio que sale diciendo muy serio que los taxistas de Londres tienen mayor el hipocampo que sus colegas de ciudades más reducidas, hipótesis absurda, como se comprenderá, que responde a la relación generalmente asocia ese órgano a la percepción espacial? ¿Y de un prestigioso neurólogo al que veo sostener en ‘Perspectives on Psycological Science’ que los tíos que se consideran más felices ganan menos dinero y tienen un éxito menor que los discretos que no se consideran tan satisfechos con su existencia? Un estudio concienzudo, supongo, ha permitido al profesor Eric Wilson escribir un libro contra la felicidad en el que más o menos propone sustituir ese eterno ideal inalcanzable por el cultivo de la melancolía en la que él ve una fuente de inspiración al servicio de los creativos.  Un amigo me pasa un recorte de la competencia  en el que se descubre el Mediterráneo haciéndonos ver que si el cerebro de Einstein a los 16 añitos no era más que el de un adolescente, ese mismo órgano sería muy diferente a los 60 tras haber descubierto y probado la Relatividad. Nuestras revistas y foros más acreditados están llevando la divulgación a un punto que podría llegar a serlo de “no retorno” una vez que sepamos tanta ciencia vulgarizada que  estemos a pique de manicomio.

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Acabo de perder mis buenos ratos –se lo digo a ustedes como lo siento– leyendo el último libro de Desmond Morris, del que ya habíamos visto entregas en ‘The Times’, dedicado esta vez no a “El Mono desnudo” ni a “La mujer desnuda”, como en los viejos tiempos, sino a “El hombre desnudo”, un estudio anatomo-fisiológico que, sin perder nunca su clásica perspectiva zoológica, se aplica esta vez a demostrar que la sexualidad masculina es una prenda sumamente frágil que se fragua en el paso de la adolescencia a la edad barbada, en la idea de que la homosexualidad no sería otra cosa que el efecto de la excesiva y anacrónica adhesión del “iniciado” a su mundo infantil, es decir, al universo demediado en el que los roles vienen determinados por el sexo. Ahora bien, cuando Morris se suelta el pelo  ya no para en barras hasta afirmar esos alevines gays son más creativos que sus compis heteros, tanto que asegura que, alcanzada la edad adulta, tendrán dieciséis veces  más probabilidades de obtener un doctorado que un heterosexual. ¡Qué les parece! De la universidad de Nueva York nos llega la tesos de que existen diferencia neurológicas determinantes entre el hombre de derechas y el de izquierdas en función de la diferente manera que ambos “tipos” de cerebros tienen para procesar la información, aunque es cierto que el sabio en cuestión admite que habla de ‘tendencias’ y no de procesos inflexibles y fatales. ¿Cómo es posible que se gaste impunemente en estas chorradas el poco dinero que hay disponible para investigar tanta materia crucial en este momento vertiginoso de la historia de la ciencia? Yo no lo sé y supongo que el lector tampoco, pero seguro que los dos acabáramos con la camisa de fuerza si alguna de esas genialidades se nos hubiera ocurrido.

4 Comentarios

  1. 19:53
    “los tíos que se consideran más felices ganan menos dinero y tienen un éxito menor que”
    Me lo creo, me explico:
    Como tantas veces el sabio cambia el orden de los factores, que sí altera el producto. Lo que ocurre es que hay personas con capacidad de ser felices tienen menos inquietud por el éxito material.

    “una vez que sepamos tanta ciencia vulgarizada que estemos a pique de manicomio.”
    Inquietante pero cierto. Pregunten a sus médicos conocidos o amigos si les gusta que sus pacientes lleguen a la consulta con un conocimiento, superficial por supuesto, de sus dolencias y que puedan poner en tela de juicio su autoridad indiscutible.

  2. 19:55
    Lo que ocurre es que las personas con capacidad de ser felices tienen menos inquietud por el éxito material.

  3. Me gana mi don Apostillo canor por una cabeza mientras escudriño sin conseguirlo, buscando una cita de Francis Bacon. (Luego viene mi doña Clara del alma y me da con la palmeta).

    Bacon decía, cito de memoria, que mientras las letras y el arte son libres en cada momento, las ciencias son acumulativas y lo que ayer era cierto sirve de base para lo que se encontró hoy, que puede haberlo modificado. ¿Es por ejemplo incierto lo que descubrió Gregor Mendel, si lo comparamos con los últimos avances en Genética? No es falso pero sí insuficiente.

    Estamos llegando a unos límites en medicina -va por usted, mi don Apostillo que hace un pleno al quince- gracias a los modernísimos avances de la representación multimedia de la anatomía-fisiología, que permiten a los más osados emitir unas teorías de lo más bizarro, sobre todo en el campo de la neurobiofisiología. El cerebro sigue siendo un vasto territorio cuasi ignoto, un enorme iceberg del que solo vamos conociendo los primeros metros sumergidos. Si entran en juego los de las Psycologicals Sciences, como diría el ilustre Vaz de Soto, a una le entran ganas de echarse mano a la cartera.

    Las personas serias que cultivan estas ramas me perdonen, pero el mismo Anfitrión reniega de haber perdido el tiempo enredado en la charlatanería que mistifican lo real con lo imaginado o deseado. Los cátedros que pasean por este vergel, rincón escondido de saberes y decires en la maraña de la red digital, seguro que conocen como yo misma, cómo se publican centenares de artículos con firmas de quienes no tienen ni idea de lo que investigó el colaborador o el subordinado. Si a éste último se le ocurre una patraña megalómana con armazón pseudocientífico, no se privan algunos de corroborarlo, en la esperanza de que solo sea una entrada más en su bibliografía.

    Tiene que llegar alguien con cordura y paciencia, estoy mirando aunque no lo noten a la cabecera de esta tertulia virtual, que descubra la farsa del teatrillo de cristobitas al que se quiso dar rango de obra magistral.

    (Conocen mi humildad para recibir reprimendas. Y aceptarlas).

  4. Mejor tarde que nunca…pero no sé qué pasa que hay erratas en el artículo: será que fue dictado? Espero que don Jose Antonio se encuentre bien….
    La tentativa de explicación de doña Bachillera ante las tesis peregrinas de los sesudos y racionales científicos me parece acertada, pero tampoco podemos descartar que de cuando en cuando la fantasía, el sentido del humor, el afán de protagonismo, la pereza, o la falta de honestidad intelectual hagan volar por los aires probidad y raciocinio.
    El artículo, delicioso.

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