La Justicia no es ciega como presume la opinión corriente. Ni la estatuaria griega ni la romana la representaron con los ojos vendados, un símbolo introducido solamente en el umbral del Renacimiento –cada “modernidad” profesa su corrección política— y que ignoran muchas culturas. Pero donde desde luego mantiene bien abiertos los ojos es entre nosotros, al menos desde que el Gobierno (el que fuere, todos) decidió reforzar la partitocracia invalidando la imprescindible independencia judicial. Guerra no hablaba por hablar –y menos tras el engorroso caso de su hermano— cuando anunció la muerte de Montesquieu. Siempre sería mejor para el partido –el que fuere, todos— contar con la benevolencia de los jueces que, en resumidas cuentas, para qué engañarnos, ese estropicio constitucional está al alcance de la mano. Lo acabamos de ver una vez más: los dos grandes partidos de esta democracia, el PSOE y el PP, han repetido una vez más lo que en infinidad de ocasiones prometieron evitar, a saber, la politización de la Justicia que implica sin remedio el secuestro parlamentario de la independencia judicial.

Y en esta ocasión sin remilgos: los partidos (ahora con el injerto populista y antisistema de Podemos) acaban de anunciar quién será el presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ sin atender, siquiera por disimulo, a la designación de los vocales a los que la Constitución vigente encomienda esa elección. ¡La benevolencia ante todo, que las circunstancias son todo menos propicias! ¡Pierdan toda esperanza los ingenuos que esperaban la enmienda moral y política quienes mantienen la osadía de llamarse a sí mismos “constitucionalistas”! Y ello en uno de los momentos más encanallados de la crónica política y en medio de la crisis más profunda que haya conocido la Justicia española. En un alarde de severidad, el realismo de los griegos llegó a concebir una Justicia manca; lo que nunca hizo fue imaginarla con los ojos vendados.

Es posible que la democracia española acabe de pasar el punto de no retorno y que, en cualquier caso, la partitocracia haya abierto en su maltratado casco una incontenible vía de agua. Pero hemos de ser justos: no son sólo los políticos quienes traicionan el espíritu democrático pues es obvio que para perpetrar ese atentado cuentan con la complicidad de un sector de la magistratura que antepone su interés personal y corporativo al general. No habría cambalache si esos jueces no se prestaran dispuestos a arrastrar sus togas por el barro mientras esta Justicia herida, remangada ya la venda sagrada, contempla la escena con un ojo, como caballo de picador.

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