Cuando sea tiempo de echar cuentas y hacer balances de la pandemia no quedará otro remedio que recordar esa foto filtrada en la que Trump aparece al fin con mascarilla para regocijo de la prensa gráfica y de la opinión pública. Eso y otras cosas, naturalmente, entre las cuales no será la menor la comparanza entre políticos para discernir entre mejores y peores, entre “avisados” y pardillos y, en fin, entre machos y hembras. Aparte del caso español –la peor crisis y el peor Gobierno–, no quedarán para entonces dudas de que frente al coronavirus se lució una panda de indocumentados y barbianes que explicaría, en gran medida, la dimensión humana de la tragedia. ¿o es que en manos de insensatos como Trump, Johnson, Bolsonaro o López Obrador, “objetores” e incluso negacionistas de la gravedad de la crisis, podría haber ido medio regular siquiera la cosa? La pregunta se contesta sola invocando los nombres de los dirigentes portugueses o griegos que consiguieron resultados mucho más aceptables y se compadece echando una mirada a lo ocurrido en la Italia entrillada en la pelea política (Salvini contra Conte) o en la España maltratada del sanchismo. Hubo entre los dirigentes, en fin, mejores y peores, incluso pésimos, y los hubo razonables y hasta brillantes, lo que abrirá en el futuro la higiénica ocasión de aplaudir a estos últimos y enjuiciar (en todas las acepciones del término) a los primeros.

También quedará claro antes o después la curiosa diferencia ocurrida entre la gobernanza femenina encabezada por Alemania, y seguida de Taiwán y Nueva Zelanda además de Islandia, Finlandia y Noruega, todas ellas en manos de mujeres que, frente al generalizado fiasco masculino de las políticas oscurantistas, supieron apostar por una información honesta y veraz al tiempo que le echaron al pleito una respetuosa pero firme autoridad.

Carguen contra la señora Merkel desde su oposición cuanto quieran pero comprenderán que su discreta y sólida gestión no admite cotejo posible con ejemplos como el del bielorruso Lukashenco recetando wodka, hockey y sauna a sus compatriotas, un Obrador ofreciendo “detentes” a los mexicanos o el Daniel Ortega que, acompañado de su consorte “Chayo”, organizó –igual que aquí las mujeres del sanchismo— una insensata marcha titulada “Amor en tiempos del covid”. Como no lo admite con un trapacero Sánchez que, si no ha llegado a decir como el demente Bolsonaro, y referido a las víctimas, aquello de “Van a morir, lo siento”, ha perpetrado una mala gestión que hoy llama la atención en el mundo. Tendremos que echar esas cuentas, ya digo, pero seguro que arrojarán el balance que de sobra conocemos.

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