No es fácil despedir a Semprún para quien haya vivido de cerca la auténtica crisis española y europea del siglo XX, que seguramente no es la inicial, como tantas veces se ha dicho, sino la que parte por medio ese siglo tremendo. Hemos de respetar su imagen de combatiente, su prisión en el campo nazi, su papel en la clandestinidad, su indudable talento literario y su capacidad de creación de su propio personaje, que fue fantástica. Recordarle en el Café de Flor o en Les Deux Magots conversando con Sartre, o en la Coupole dirimiendo contiendas galantes con Ives Montand, imaginarlo travestido como “Federico Sánchez” cruzando la frontera como Pedro por su casa, o compartiendo cuchitril madrileño con Sánchez Montero y Grimau con la policía política pisándole los talones, resulta excesivo para el observador. Como verle en Madrid, ya de ministro, perdido en su feudo burocrático y entretenido en porfiar con Guerra, resulta un poco decepcionante para muchos de los que le conocimos cuando todavía le llamábamos “Pimpinela Escarlata” por su confesada pasión por la aventura y su desmesurado gusto por el peligro. Algunos no hemos podido admitir, tras su caída del caballo, que trocara su militancia comunista por un criticismo feroz en el que tal vez llevaba razón en casi todo menos en excluirse él de esa quema en la que había participado siempre en primera línea. A Semprún le privaba la aventura, le apasionaba el riesgo, siempre desde un fundamento narcisista que funcionaba en él como una segunda naturaleza. Por eso fracasó en el Madrid de las decepciones y las rutinas, de los políticos ausentes de la clandestinidad y de los mandamases que sentían celos ante el nimbo de su fama porque un mito es algo muy difícil de soportar en una Administración y porque un aventurero no tiene sitio en el balneario institucional de una democracia ya instalada. Los mitos, al Parnaso o incluso al Olimpo, pero no sueltos por el gallinero.

 

Tendremos que recordarlo, pues, en sus cafés parisinos, en su gesto estudiado, en la silueta autocomplacida de su dandismo irrenunciable, en su estupenda memoria, en su prosa más que pasable y en sus memorables guiones. Con el resto, más allá de la política y hasta de la psicología, habrá que ser tolerantes y hasta piadosos con el hombre que hizo de su vida su principal guión, siempre reservándose el papel del héroe justiciero, con Simone Signoret sonriéndole y Costa Gravras ajustándole el encuadre. Semprún fue un tipo estupendo, tan real como imaginario, comprometido con las causas justas aunque enamorado de sí mismo. La verdad es que no hemos tenido muchos como él. Es más, ahora no nos queda casi ninguno.

13 Comentarios

  1. Cuantos lo conocimos, querido ja, coincidiremos contigo hoy. Siempre has tenido buena mano para las necrológicas y esa valoracióin tan arriesgada que se hace cuando alguien se va. Semprún era un brillante aventurero ante todo. Lo que no significa ni deja de sigmnificar más que lo que esas palabras dicen. Hay párrafos canallas en el “Federico Sánchez”, por ejemplo uno en el que su desprecio hacia el pobre Grimau es evidente. Desprecio de clase, como el de tantos clandestinos procedentes de la burguesía. Dejemos que descanse en paz. Eso si que se lo ha merecido este incansable protagonista.

  2. Entiendo su generosidad y su probable nostalgia, sólo que nunca me han gustado los profesionales de la revolución, ni siquiera los vocacionales de la revolución. Veo en ellos, en efecto, el narcisismo. Hasta Lenin lo tuvo. Semprún fue un escritor mediano con grandes recursos publicitarios, toda su vida. No se trata de regatearle méritos al luchador sino de cuestionar ciertas estéticas que poco han beneficiado a la Causa. Por otra parte, muy bien apuntado que él fue tan responsable como los dmeás miembros de la dirección del PP de aquellas barbaridades qu él mismo rememora. Y no consta que entonces se rebelara, sino hast a ucho después.

  3. Buen retrato, equilibrado, piadoso en su dureza, imparcial. Así era Semprún en líneas generales. Hay que despedirlo con la verdad por delante que es después de todo lo que él hubiera dicho que querría.

  4. Gran ególatra, gran Narciso, lo cortés no quita lo valiente, ni viceversa. Una pérdida para las letras… francesas. Un modelo político no aconsejable.

  5. Un señorito revolucionario, lo cual no es una novedad en la historia revolucionaria. Un apasionado de su propia imagen. Creo que el perfil que nos ofrece le columnista se ajuts como un guante al personaje. Aquí no fue más que un florero pare el salón de González y un rival muy por encima de Guerra, que no lo pudo soportar nunca y hasta se comprende. En Francia, sobre todo en París, significaba bastante más. POr lo que se refiere al PC, pregunten a sus viejos afiliados, lo mismo da que fueran oficialistas o críticos, y les contestarán con malos modos.

  6. Me ha sorprendido un poco la versíón que da este retrato proque yo me imaginaba al personaje como más solemne y serio, será porque lo recuerdo con su melena blanca y su cargo de ministro, con su leyenda a cuestas, en tiempos pasados. El resto lo desconocía, aparte de que había sido prisionero de los nazis, de lo que se habló muchas veces por aquel entonces.
    Fuera de eso tengo que decir que me parece que un clandestino tiene siempre algo de aventurero aunque sé muy biuen que eso no les gusta que se diga a los clandestinos. Yo lo digo con todo respeto y declarando que a mí me faltaría valor para enrolarme en esas “aventuras” tan necesarias llegado el caso. Por mi parte, que descanse en paz ese hombre que, por lo que veo, lo tuvo todo.

  7. Unos cuantos casineros de este blog conocimos a “Federico”, la mayoría en París, y casi todos tuvimos alguna vez (o muchas veces) discusiones sobre su condición, sobre su biografía, que es lo mismo que decir sobre su novela. Hombre valiente, yo diría que temerario en ocasiones, con inteligencia superior, gran señorito de la Izquierda, con un insuperable carisma como lo demuestra su triunfo en la vida parisina. Lean hoy el obituario que le dedica Jean Daniel, llamándole “amigo” sin dejar de trasparentar con finura sus diferencias. “Federico” vivió su propio guión, efectivamente, eso está muy bien visto por jagm en su columna. Algunos, por circunstancias, lo sabemos mejor que otros. ¿verdad, amigo Berlín?

  8. Hace tiempo que no aparezco aunque no falto al Casino. Hoy lo de Semprún me ha conmovido, aunque solo sea porque con él se muere un poco de nuestra memoria generacional, la de los de su edad y la de los que venimos detrás de ellos. Lo ha retratado muy bien, sin cortarse, que es como se deben hacer las cosas. Seguro que algunos no les gustará oír la verdad, pero a otros muchos nos complace escucharla. Para pitos y flautas ya están otros.

  9. Cuando leí su historia sobre el campo de Buchenwall me pareció que fantaseaba un poco. Cuando leí el “Federico Sánchez” me indigné bastante. Cuando mlo vi de ministro rebajado a competir con Guerrita comprendí que se colmaba el vaso de mi paciencia. Descanse en paz ese hombre interesante, valeroso, arriesgado y encantado de haberse conocido.

  10. Para nada. Gratuito comentario, no sé si con mala o con buena intención, pero gratuito, sobre un hombre eminente que no quiso ser elevado a la Academia Francesa por no renunciar a su nacionalidad española.

  11. Cuestión de opiniones, como casi todo en esta vida. La mayoría solo podemos pensar en él disfrazado de Ives Montand, en la pelí famosa. Lo de Pimpinela Escarlata es de premio gordo. Por muy francés que fuera, por muy internacional que fuera, por mucho glamour que tuviera. Me gustaría saber si cobró su pensión de ex-ministro o la despreció en plan héroe. Hubiera sido lo suyo.

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