Tropiezo con la queja doliente de un profesor a propósito de la crisis del libro, que el supone –dándola por demostrada– la causa mediata del fracaso docente y, más allá de éste, de la debacle cultural fácilmente comprobable en las nuevas generaciones. Según él, no habrá de mantenerse en pie mucho tiempo un sistema educativo que casi ha prescindido de los libros para sustituirlos por los dudosos apuntes de clase, consolidando la sustitución de las fuentes, en el mejor de los casos, por breviarios pirateados en la fotocopiadora. Son las copisterías las que progresan, no la educación ni el saber –dice el cuitado–, que calcula con los dedos de las manos los años que aún podrán resistir en pie estos trajines subculturales tras los que la educación resplandecerá solitaria en su cielo haragán. Podría ser, por qué no, sólo que el debate sobre los instrumentos de la enseñanza es tan antiguo que algunos historiadores de la educación nos recuerdan la severa prohibición de los apuntes decretada en la universidad de Coimbra hace más de dos siglos así como la censura de nuestro excepcional bibliógrafo Menéndez Pelayo que a ellos atribuía, más que a cualquier otra causa, “la reducción del horizonte del saber”, perceptible ya en su tiempo. Dando por aceptable el fondo de esa queja, debo decir que no estoy de acuerdo con el detalle, en el sentido de que la realidad es que hoy resultaría impracticable un plan de aprendizaje basado en el estudio directo de las fuentes, ciertamente inabarcables, sea cual sea el campo elegido. De ahí que algunos profesores laboriosos preparen antologías de breves textos claves que faciliten al aprendiz un primer contacto tras el que, eventualmente, podría surgir el interés por el conocimiento directo de las fuentes, una técnica no poco lógica pero que, en efecto, contribuye a la crisis del libro generalizada, paradójicamente, en una sociedad que consume esos ingentes centones encaramados sin remedio en los ránkings de libros más vendidos. Si don Santiago no comulgaba siquiera con “los llamados libros de texto”, un profesor actual debe conformarse con administrar el saber a la ‘basca’ en dosis homeopáticas.

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Hay quien dice, a este respecto, que siempre nos quedará Internet, esto es, un instrumento de acceso rápido al saber, capaz de facilitarnos, en unos segundos, noticia de la materia que sea, estableciendo una cultura de urgencia que tiene no pocos riesgos junto a sus evidentes ventajas, pero que, sin duda también, tiene que contribuir a fragmentar el saber, a ‘desistematizarlo’ si me permiten la expresión, a dotar a todo conocimiento de una autonomía imaginaria que liquida el ideal de “sapientia” en que tradicionalmente se basaba la esperanza de alcanzar algún día una inteligencia unitaria de la realidad. No creo que haya signo más característico y elocuente del conocimiento actual que esa fragmentación que parcela el saber, demotizándolo en cierto sentido, es cierto, pero también descoyuntando la cultura hasta extremos cuya gravedad hoy no creo que estemos en condiciones de predecir. Por supuesto, eso sí, que semejante modelo de aprendizaje no es la causa sino el efecto de nuestro  modelo de sociedad, dicho sea en el sentido en que John D. Bernal explicó el paradigma científico en función de la necesidad social. Y nada expresa mejor esa limitación de la exigencia pedagógica que la nota de “suficiente” con que el sistema califica el saber raspado, nota que ilustra la estrategia de desarme crítico que emplea la postmodernidad, probablemente como medida instintiva de autopreservación. En plena ascensión  burguesa, Flaubert dudaba de que habiendo leído cinco o seis libros solamente se pudiera ser sabio. Hoy el sistema no descarta fabricar una sabiduría a base de retales ensamblados, compatible con el vértigo vital y útil al designio de desarmar la crítica a toda costa. El ideal no lo dibuja hoy Leonardo sino Arcinboldo. Y así nos va.

5 Comentarios

  1. Los que seguimos en activo no lo diríamos mejor. Estamos ante una catástrofe cultural (y lingüística) que ya vamos a ver a dónde nos lleva. AS ninguna parte buena, por supuesto.

  2. Miren por dónde, una servidora que no destaca ni por su optimismo ni por su buen concepto de la humanidad en general, va hoy a romper una lanza en el ara de la esperanza.

    Es cierto que a fuerza de infantilizar a los adolescentes, de alargar esta adolescencia por encima de los cuarenta y a intentar que el personal se autodenomine -y se considere- joven hasta comenzada la séptima década, la masa, the ordinary people, paga en moneda de ignorancia, y del disfrute y orgullo de esta, ese faústico engaño.

    Pero. ¿Es que el saber, la ciencia, el conocimiento, la capacidad y no digamos la excelencia, fue alguna vez un bien mayoritario? Nos engañaron hace ya 38 años, ley Villar Palasí, proclamando urbi et orbe, que ‘todos’ iban a salir bachilleres elementales, aunque fueran a poner el salto de altura rozando con el suelo. Luego tenemos la mayor densidad por metro cuadrado de universitarios del mundo -para lo cual tenemos carreras, y profesorado, que mueven a risa- a los que la burricie, como el valor en la antigua mili, se les supone sin tenerla que demostrar.

    Pero. Confío, quiero confiar, espero no desvariar demasiado, si afirmo que sigue habiendo las excepciones de siempre: que hay médicos que estudian y destacan; que hay biólogos que se dejan las pestañas en el microscopio; que hay quien sobresale aunque tenga que beber el amargo cóctel del exilio.

    Cierto que el trivium y el quadrivium, que tan gratos son en este casinillo, no predominan en el mundo de hoy. Que la gramática o lingua; que la dialéctica o la retórica, ya no son prevalenctes; pero la aritmética, aunque se llame sobre todo economía, sí furula; que la geometría ha cambiado de derrota, pero la astronomía sigue teniendo gran valor para unos pocos, ahí está Juanito Mercader, y la música, muchas vces requiere de sustancias non sanctas para acompañarse.

    Pero este será siempre un olimpo para pocos elegidos. Para los estudiantes que se pagan la carrera vendiendo a tanto cada uno de sus folios en las copisterías; para quienes se especializan en Bacon o en la cultura china.

    No nos tiremos desde los altos ventanales. Aún hay -puede haber- esperanza.

  3. 14:51
    La fragmentación del conocimiento es imprescindible.

    Hace treinta y cinco años toda la informática se reducía a cuatro lenguajes que cada uno se aprendía en un curso de veinte horas (yo los hice), esto es, con ochenta horas de cursos cualquiera podía ser un sabio en informática.

    Por las mismas fechas, un cirujano de la mano me decía que la muñeca era demasiado compleja para una sola especialidad.

    Hoy no hay nadie que conozca toda la informática ni toda la cirugía de la muñeca.

  4. Creo que don Griyo va por otro lado que don ja, quien no niega (supongo yo) la especialización inevitable sino que se refiere a la desarticulación del saber. El Bachillerato antiguo, ¿recuerda alguien? Se puede ser un microespecialista (en cirigía los hay a montones) sin orejeras.

  5. Entiendo, como el rector de Coimbra y Don Marcelino, que la mejor manera de desterrar los apuntes de clase es realizar la docencia de otra manera. Hace veinte años que mis clases no se basan en apuntes y no me va tan mal: la inmensa mayoría de los que se presentan a exámenes superan las asignaturas, aunque también es verdad que la mitad, o más, no se presentan a los mismos porque saben que es inútil ya que lo que se evalúa es fundamentalmente el trabajo acumulativo realizado y no la memoria de unos textos dictados.

    También entiendo, como Ramon Llull, los erasmistas o el citado Menéndez Pelayo (por citar tres momentos distintos), que la Universidad española necesita una profunda renovación. Otra cosa es que admita que esa renovación consista simplemente en obligar a trabajar a una buena parte del profesorado que lo hace más bien poco (en el plano docente al menos) poniendo corsés administrativos que fuercen a los citados al menos a rellenar hojas y hojas de comprobación de que están sentados en su puesto de trabajo. Unos corsés que inevitablemente han de provocar el estancamiento de los más trabajadores y creativos, que han de dedicar a esas tareas burocráticas, tendentes a demostrar la cantidad de trabajo realizado, un tiempo que ahora dedican a la innovación libre y a la creación de nuevos horizontes mentales, en los que la especialización no es contraria a una percepción general. Pero si el Plan Trento de Felipe II no logró acabar con el fuerte estancamiento en este sentido, el Plan Bolonia de nuestros líderes actuales no creo que vaya mejor encaminado. Al primero lo agarrotaba el Catolicismo, y a los segundos el Sistema de Mercado. Al menos es lo que yo percibo.

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