Habló un joven Rey contundente y templado que liga su destino –a sabiendas— a la suerte de España cuando la insurrección de la Cataluña autónoma pide ya, no la cataplasma de un artículo constitucional que frene a esa autonomía desleal sino, triste pero probablemente, un urgente estado de excepción. Frente al Rey, un Gobierno desbordado por los rebeldes tanto como por una Oposición que, cuando no es cómplice de esas hordas, actúa con un miserable cálculo partidista. Y por si algo faltaba, cierta Europa babieca o farisea que rasga sus vestiduras ante una burda campaña alarmista, como si no hubiéramos visto a sus policías, ¡tantas veces!, barrer las calles sin contemplaciones. Total, un Rey sin baraja y un pueblo desconcertado que no alcanza a comprender tanta debilidad y tanta traición.

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