Mal deben de andar las cosas en un país cuando en él se llega a ver con indiferencia que un grupo de ciudadanos abuchee e insulte al jefe del Gobierno en presencia, para mayor inri, de una ilustre visita de Estado. Peor si, encima, el ciudadano comprueba que semejante ultraje –sin duda, una noticia de relieve– es rigurosamente silenciado por unos medios audiovisuales por completo supeditados a su patrón político. Pero quizá ése no es ya el problema en un país como el nuestro que, en los últimos tiempos, se ha hecho el cuerpo al lamentable espectáculo del “escrache” del que no se libra ya ninguna instancia pública. ¿Cómo estrañarse de la bronca dedicada a un político, cualquiera que sea su nivel, cuando ya se ha llegado a considerar, si no normal, al menos predecible e inevitable que, en determinadas ocasiones, se obsequie al propio Jefe del Estado con una sonora pitada y la impune exhibición de banderas y símbolos ilegales? El presidente Sánchez, por ejemplo, mal puede quejarse en conciencia de los insultos recibidos este verano en Sanlúcar cuando acompañaba a la señora Merkel, a poco que recordemos su impávida imagen mientras el propio Rey fuera provocado en Cataluña junto a un pasmarote autonómico que se permite rechazar la monarquía constitucional en público luciendo en la solapa otro símbolo provocador. ¿No decían que esas manifestaciónes ultrajantes no eran sino el legítimo ejercicio de la libertad de expresión? No les falta razón, desde luego, a quienes andan recordando que donde las dan, las toman.

Nadie movió un dedo, que uno recuerde, cuando un grupo sicario “escrachó” a una vicepresidenta del Gobierno persiguiendola impunemente hasta su mismo portal. Pero eso no era nada, en fin de cuentas, si consideramos que hace unos días un magistrado del Tribunal Supremo fue igualmentre “escrachado” por unos espontáneos ante la inexplicable pasividad de las escoltas que deberían prevenir semejantes desmanes. ¿Que eso resulta normal? Pues acaso sí, en una sociedad que cada dos por tres se cita en la calle para dictar sentencia por su cuenta y razón en los pleitos más delicados, en la que los criminales más abyectos son homenajeados como héroes o en la que, ciertamente y por desgracia, el circo desmoralizador incluye desde las ínfimas miserias hasta los más encumbrados y pésimos ejemplos.

Una absurda versión de la tolerancia ha ido desmontando durante años, sin prisa ni pausa, el entramado legal y moral del respeto debido, hasta que los niños que en su día apearon en la escuela el tratamiento al maestro han alcanzado una madurez bastante para cuestionar por las bravas y a fondo las más elementales reglas de la convivencia en libertad. Sánchez, sin ir más lejos,no puede estrañarse
porque lo desacaten unos desahogados. Yo mismo lo lamento, créanme, aunque me cueste olvidar su imagen inalterable junto al Jefe del Estado mientras éste vestía de dignidad el maltrago a que era sometido en pleno abuso del derecho a la libre expresión.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.