La foto de la Moncloa, con patronos y síndicos rodeando al Presidente, cortesanos por un día, me ha dejado una seca evidencia: este modelo imaginario de paz social está agotado. Cuando en el otoño pasado, André Gorz, el gran rebelde de los años 60, que ya es decir, se suicidó serenamente junto a su esposa, muchos pensamos que, al margen de interpretaciones psicologistas, esa imagen conmovedora –los dos octogenarios, ya sin vida, cogidos de la mano—venía a ser como una escenificación del fracaso de la ilusión reformadora (Gorz nos enseñó a distinguir entre “reforma reformista” y “reforma no reformista”) de la que habían vivido varias generaciones tras la Guerra Mundial. De su extenso y profundo mensaje es probable que lo más perdurable sea al aviso de que el sindicalismo, como sistema de autodefensa de la clase trabajadora, precisaba de una reformulación  urgente para adaptarse a un modelo social distinto del tradicional, en el que el propio progreso material habría trastornado la lógica de la estratificación social eliminando casi por completo la realidad del proletariado clásico hasta convertirlo una vasta y difusa formación mesocrática, refractaria ya al ideal de lucha de clases, sustituido por el deseo de reformas. El “seíta” y el piso, como se decía en la España del desarrollismo franquista, acabaron con las posibilidades reales de una estrategia laboral diseñada desde la política revolucionaria, abriendo paso al imaginario reformista que rentabilizaron los socialdemócratas, como había sucedido en toda Europa, según aquel Gorz, que veía clara la necesidad de que los sindicatos transformaran con urgencia su naturaleza y sus estrategias. Gorz temía, supongo, o acaso veía venir una foto como la de antier en la Moncloa, es decir, no unos “pactos de la Moncloa” convocados en régimen de emergencia, sino un regreso al viejo “verticalismo” que reunía a patronos, sindicatos y poder en una misma baraja para sustituir el ‘conflicto’ por el ‘consenso’. Cuando González inventó la política de “concertación” (dinero a cambio de paz social) estaba reproduciendo, sin saberlo o sabiéndolo, cualquiera sabe, el modelo gironista.

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Nadie en sus cabales rechazaría la paz social ni los esfuerzos por conseguirla. Otra cosa es, sin embargo, confundir la paz social con una pacificación artificial de las relaciones laborales en las que unos sindicatos amaestrados, en armonía con la mismísima patronal, ofrezcan al Gobierno de turno la comedia de un entendimiento que, en la práctica no sería posible sin perjudicar al trabajo. El diálogo social es una cosa y el monólogo a tres voces de la “concertación” otra muy diferente y posible sólo por el intercambio de paces por dinero. No hay español sensato que quiera la confrontación, pero ¿saben los españoles los miles de millones que han recibido los “agentes sociales” en las últimas décadas a cambio de caminar juntos y revueltos, sindicatos, patronos y gobernantes en esa convención ‘contra natura’? Escuchar al secretario de UGT despotricar contra la “Educación de la Ciudadanía” en plena huelga del transporte habla por sí solo, pero verlos a todos –síndicos y patronos—medir sus palabras en Moncloa evitando con escrúpulo pronunciar la palabra “crisis” resulta una imagen demoledora incluso para los escasos despistados que aún crean a pie juntillas en esa dialéctica fingida. Sin alharacas, casi sin percatarnos, nos hemos visto reinstalados en el ‘verticalismo’ presunto “superador” a un tiempo de la hidra revolucionaria y del egoísmo capitalista. Este modelo está agotado: lo demuestra el fiasco de antier. Cuando Gorz, que fue activo militante de del CDTF, escribió “Adiós al proletariado”, los síndicos le montaron la del tigre. Es lo que ocurre cuando se cantan las cuarenta, pero ningún “concertante” debe hacernos renunciar a la idea de que la Verdad es revolucionaria.

5 Comentarios

  1. Sindicatos de tendencias verticales en el interior y democracia orgánica en la construcción de Europa. El mito del eterno retorno.

  2. Ocho o diez años después de fundar la Pesoe, el Abuelo organizó lo que ya se llamó congreso de trabajadores o algo así. Luego se pudo comprobar que había nacido niña: la Ugeté. (No olvidemos que ya en el Parlamento, el Venerable dijo aquello que tenía -corríjanme marxistas y marxistólogos- esencia de marxismo puro de oliva: estaría dentro de aquella institución (burguesa) legal mientras pudiera obtener lo que le interesaba. Cuando la institución no se lo permitiera, se saldría de la legalidad).

    En los sesenta, como infiltrados en el sindicato vertical, se organiza un pulpo con veinte tentáculos de aquel mítico Pecé (no ‘personal computer’) que tardó su tiempo en estructurarse. Una servidora en los primeros setenta aportó su ‘óbolo de la viuda’ a alguna caja de resistencia. Los de las herramientas iban al trullo con relativa frecuencia, y se leían aquellas pintadas de ‘libertad a Soto y Saborido’. Y digo yo,

    “… aquella prosperidad
    qu’en tan alto fue subida
    y ensalzada,
    ¿qué fue sino claridad
    que cuando más encendida
    fue amatada?

    /… los jaezes, los caballos
    de sus gentes e atavíos
    tan sobrados
    ¿dónde iremos a buscallos?;
    ¿qué fueron sino rocíos
    de los prados?…”

    Hoy el Grandón y el Jabalí disfrutan de su paga, de su status, de sus despachos, de sus secretarias, de su poder, de sus buenas residencias y unos cuantos días al año se ponen la ropilla de obreretes para dar el pego.

    El ardor, las ilusiones,
    altruismos e igualdades
    tan preclaros;
    ¿dónde están hoy los cojones?
    ¿entre euros y maldades,
    no son raros?

  3. Más claro, el agua. Los versos manriqueños, oportunísimos. Acalo al p. Chic que gm no habla de sindicatos verticales sino de “régimen vertical”: todos juntos y revueltos al servocio del Gobierno y los “poderes fácticos”.

  4. No he visto nada tan escandalosos como que el Poder pague al Capital (a su representación) a partes iguales con los sindicatos. El chanchullo no puede escenificarse mejor. Curioso: nuna se acuerda nadie de calificar este montaje de “verticalismo”. Gracias, jefe.

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