Hemos visto –temor y temblor– la imagen de ese ratón transgénico, auténtico atleta artificial “fabricado” en la universidad John Hopkins, el roedor que cuadruplica a sus congéneres por obra y gracia de dos proteínas milagrosas, la miostatina y la follistatina, capaces de convertir el proyecto de un enclenque en todo un gladiador. ¿Estaremos jugando con fuego? El animal fabuloso (no hay modo de no recordar el libro insuperable de Heinz Mode sobre el asunto) fue concebido siempre como un portento con el que la Madre Naturaleza se desmelenaba contra sí misma, un signo del Mal o un instrumento suyo, un accidente en el “orden natural” que, como es lógico, caía o se localizaba en el lado oscuro de la vida. Grifos y centauros, dragones y quimeras, sirenas y esfinges fueron moneda corriente en el pensamiento arcaico pero siempre desde el convencimiento de su origen maléfico, al margen de sus eventuales funciones. Un viajero cauto y avezado como Pausanias sostiene muy seriamente que vio tritones y hasta describe a uno de ellos expuesto, por lo visto, en Roma, aparte de apostar por la existencia real de las serpientes aladas, creencias tan habituales que es preciso esperar a que un Diderot las descalifique en nombre de la santa Ilustración. Pero todavía a principios del XX algún naturalista que iba de serio explicó al centauro como un accidente embriológico, o sea, como un ser infrahumano engendrado en la  mujer, que habría adquirido su monstruosidad en los avatares del embarazo. Aunque, claro está, siempre hubo espíritus avisados que despreciaron sin contemplaciones esas fantasías, como ya hizo Luciano con una ironía que era, en el fondo, severidad. La relativa placidez de la tradición ideológica de lo que llamamos ‘Occidente’se funda en esta decidida apuesta por lo “natural” que ve el Bien en la normalidad y en el monstruo, el peligro manifiesto. La revolución genética que estamos viviendo sólo es concebible a partir de un giro radical de esa filosofía de la vida, pero eso mismo explica muchas de las oposiciones vigentes y el rechazo asustado de una Ciencia que ha logrado en nuestros días dar al monstruo su estatuto de normalidad.

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Asusta ese roedor hercúleo, sus vastos pectorales de animal culturista, la desproporción preocupante entre sus hechuras y las de sus congéneres no manipulados a los que, tal vez, acabará imponiéndose darwinianamente aunque sea por un procedimiento tan poco darwiniano como el de interferir el desarrollo espontáneo del cuerpo hasta trastornar su lógica biológica. Los sabios dicen que no se trata más que de disponer de modelos sobre los que comprender mejor las causas y ensayar más fácilmente unos remedios que, en fin de cuentas, al beneficio del hombre irán a parar. Pero éste mantiene el prejuicio remoto y desconfía del prodigio que le corrige la plana al viejo plan de las especies liberando al portento de su adscripción al Mal, como si la ilusión del ‘doctor Moreau’ o la pesadilla de ‘Frankstein’ fueran de pronto hacederas y sus consecuencias controlables. Plantea un foro moralista qué ocurrirá el día en el que, en lugar de ratones fornidos, lo que se produzcan sean seres humanos dotados de incalculables capacidades y destrezas nunca vistas. Y uno tiene que preguntarse por qué escandaliza tanto un ratón manipulado o la perspectiva de un hombre rehecho, en un planeta que lleva siglos manipulando al gentío y hasta labrando monstruos cuando es menester. El mismo Heinz Mode se maravillaba de que los monstruos de la antigüedad vivan todavía en nuestro pasado reciente y llamaba la atención sobre la supervivencia de aquellos “seres sintéticos” que habrían logrado su hazaña gracias a su propia estrategia de cambios. Hoy nuestros hijos y nietos asisten absortos a la catequesis de una tele en la que el prodigio es lo normal. Quienes se asustan del ratón gigante son quizá los mismos que se lo permiten.

9 Comentarios

  1. La sombra de frankestein, en realidad, como tantas veces en los últimos tiempos. La manipulación genéticoa es el “tema de nuestro tiempo” como diría Ortega y hay poco que hacer en el tema, lo quieran o no los bioéticos y los antiguos. Porque nadie en su sano juicio puede negar que la esperanza que encierra la novedad es inmensa.

  2. Rubrico con reservas la nota de doña Clara, nuestra buena y constante amiga, aunque conservo mis cautelas ante el aprendiz de brujo. Ha habido por ahí embarazos logrados por la Ciencia, pero también muchos múltiples (hasta camadas de ocho, que ya es decir), evidentemente debidas al exceso o a la precipitación. Saludemos la Ciencia, que es –para mí– un “don de Dios y del trabajo del Hombre”, esperemos en ella con confianza, pero sin bajar la guardia ante los temerarios.

  3. Lo que se pueda hacer en la Ciencia -tristemente si es negativo- alguien, en algún sitio, algún día lo hará. El tema de hoy hace que me abstenga de forma absoluta de la ironía o de la vidilla que da el tomarse las cosas con sentido del humor.

    Pero tengamos la esperanza de que la Biogenética se considere como una instrumento y no como un reto permanente, un ir a más. Recuerden la carrera espacial durante la guerra Fría y cómo hoy van del bracete los dos antiguos colosos, aunque se sigan buscando los tobillos bajo el hielo.

    La ciencia no es ni buena ni mala, conceptos cada vez más diluidos. Lo que sirva para el bien y el progreso de la humanidad será aceptado como bueno y el camino contrario puede llevar a la hecatombe. Pero no nos asustemos. Palabras parecidas se dijeron cuando la máquina d e vapor o el motor de explosión o la fisión nuclear. Estoy convencida de que estamos al final de una Era, lo que pasa es que ignoramos qué distancia nos separa del borde del abismo. Lo que haya de ser, será.

    (Envío. A nuestra doñita alicaída, tan cerca del gigante andino: No se nos desparrame, querida. Si tal como nos da a entender se encuentra en el valle de la ola, esté segura que por ley natural, va camino de la cresta de la misma. Sea perseverante con su medicación y si tiene experiencias similares, recuerde cómo salió otras veces. Si no la tiene, me remito de nuevo al ejemplo de la ola. Con el cariño de sus lejanos amigos, de los que me hago ‘potavoza’. Muaaá.)

  4. 18:48
    Sí, Pater, sí, doña Clara. Lo más probable es que ese roedor fabuloso no sea viable entre sus congéneres y si lo fuese, seguramente, no tendría el mismo éxito ecológico. Consideren que el tamaño de los ratones tiene sus razones y que el gigantismo es el callejón sin salida más frecuente en la evolución.

    En este planeta lleno de aprendices de brujos siempre habrá alguno que se escape. Recuérdese la difusión catastrófica provocada involuntariamente por Livinstone de la enfermedad del sueño en África durante sus míticos viajes, la introducción accidental del catarro entre los esquimales y la menos accidental del alcoholismo, la del SIDA tantas veces desmentida por el hombre blanco. Recuerden también el feliz alumbramiento de Litle Boy en Hirosima y Nagasaki, que ya ha crecido lo suficiente como para acabar con la vida en el Planeta y a la vez ha encogido tanto que ya está casi al alcance del terrorismo internacional.

    Pero no se preocupen por éstas y muchas más pequeñeces porque a todas las pondrá en su sitio el imparable calentamiento global, también negado durante más de un siglo por el capitalismo voraz, en no más de dos generaciones.

    Feliz nuestra doña Tórtola que no deja inocentes que tengan que pagar nuestra insensatez.

  5. Pues a un servidor, que vio la fotito del ratón gigante, aún no se la ha bajado el pelo de lobo. No sabemos donde nos estamos metiendo y me parece que tanto los alarmismos reaccionarios como el pasotismo de algunos a nada bueno pueden conducir.

  6. No desaprovecha el jefe ocasión de ilustrar sus razonamientos con ejemplos sacados de la cultura antigua, algunos tan brillantes como los de hoy, tan adecuados para que veamos lo vieja que es la cuestión de los monstruos y el consiguiente debate. No hace mucho recordaba él mismo aquí que Feijóo, el gran debelador, se “tragó” la existencia de portentos como el del hombre-pez de Liérganas hallado en aguas gaditanas por unos marineros andaluces. Si Feijóo levantara la cabeza hoy, me parece que se volvería por donde vino.

  7. Raro grupo éste nuestro. Una columna interesante con tan escaso aunque sustancioso comentario. Ánimo, jefe, que debe ser el síndrome postvacacional.

  8. Otra vez la materia que quita el sueño a ja y a tanta gente, la coyuntura de la biología que tiene ante sí una suerte de nuevo ‘Génesis’ o, al menos, de alguno de sus capítulos. Una cuestión sobre la que merece la pena insistir, está claro, sin espantos innecesarios ni confiznas que puedenllegar a ser irreversibles. ¿Qué falta a esos sabios para “fabricar” un hombre portentoso, gigante, lo mismo que han farbicado un ratón?

  9. Hace bien jagm en referirse a la antigüedad de los portentos –las “maravillas” de la EM y del Renacimiento– porque es verdad que el hombre suempre soñó con fabricar monstruos. Lo malo es que ahora lo está logrando aunque, como bien dice nuestro amigo, no es que no haya creado otros muchos anteriormente con sus manipulaciones.

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