Las inquietantes noticias que llegan desde el convulso Egipto hablan de centenares, acaso de millares, de condenas a la última pena como medio de asfixiar a la oposición. Dudo, por eso, del informe de la Asociación de los Derechos del Hombre, que habla de esa pena como de una negra herencia del pasado que tiende con el tiempo a reducirse significativamente, aunque deba reconocer que su aplicación ha aumentado en el último año al menos en un centenar de casos, excluidas los innumerables suplicios chinos que permanecen ocultos como auténtico secreto de Estado, impenetrable incluso para las familias del reo. El informe sostiene que ese aumento registrado se debe, sobre todo, a la actitud de países como Irán e Irak, pero registra también la contribución de la Arabia Saudí, los Estados Unidos y Somalia, aparte de la reanudación de ejecuciones en Indonesia, Kuwait, Nigeria o Vietnam, países en los que las condenas pueden recaer en simples delitos de robo o tráfico de drogas y, por descontado, el adulterio o la blasfemia, en los que los castigos van desde la silla eléctrica al pelotón de fusilamiento pasando por  la decapitación, la horca o la inyección letal, una veces exhibidos en régimen de rigurosa invitación, como en los EEUU, en otras ocasiones perpetrado en la plaza pública, como es el caso de Arabia o Corea del Norte. En el informe se sugiere que las ejecuciones llevadas a cabo en China se cifren en millares, puestos a estimar que superan la suma de las del resto del mundo. Del lado positivo se indica que la pena capital se ha suspendido de hecho en Gambia, los emiratos árabes o el Pakistán y que, por supuesto, no se ha registrado ningún caso en el continente europeo. Una carnicería, no cabe duda, a pesar de lo cual los expertos mantienen la tesis de que la tendencia a la abolición progresa hasta el punto de que puede entreverse ya esa pena máxima como una práctica del pasado. Quien no se consuela es porque no quiere.

 

Cualquier lector de ese aterrador informe caerá pronto en la cuenta de que la mayor responsabilidad en este asunto recae en los EEUU, un país que se propone como modelo cívico y democrático pero en el que, sólo en el año pasado, fueron ejecutadas unas cuarenta personas, o lo que es lo mismo, prácticamente casi una la semana. Amnesty International mantiene, sin embargo, la tesis de que el anacronismo reduce sin remedio esa institución feroz que Hugo consideraba el signo más característico de la barbarie.

7 Comentarios

  1. Mucho me temo que los ukases de la troika no hayan impuesto -pongamos que hablo de España, pero también Grecia y más- un número indeterminado de condenas de muerte. Quienes las han firmado bien podrían ser esos en los que todos pensamos, con sus dorados retiros de varios millones de euros, encargados de ajustar el garrote en los cuellos inocentes.

  2. En pocos sitios he vista tan repetida la voz contra la pena de muerte, a la que jagm llama «suplicio», y eso es de agradecer. Todavía existe una mayoría en la opinión que apuesta por esa barbaridad, y no sólo en los países en los que hay ejecuciones. Gente que insista en la condición salvaje de este derecho no es frecuente encontrarla y por eso ahí dejo mi agradecimiento.

  3. Puro instinto, pura reacción animal, eso es la ideología de la pena de muerte. La han defendido muchos, hasta «espirituales» muy distinguidos, pero ni siquiera en este mundo modernísimo habrá forma de extinguirla.

  4. Sólo el hombre, entre todos los animales, «justifica» la muerte de otro. El derecho, las leyes que disponen de la vida es barbarie, pero los hombres, no lo olvidemos, son bárbaros en su mayoría. Nadie puede arrebatar la vida a otro si no es en defensa propia, pero por defensa propia no puede entenderse la de la Sociedad salvo en caso extremo.

  5. Alguien me impide enviar el comentario que antes escribí, alguien que vigila… Lo repetiré. Decía en él que NADA justifica la pena de muerte y recordaba las madrugadas insomnes que nos ha hecho pasar a muchos esa liturgia salvaje. Espero que este comentario sí llegue.

  6. No me queda más que sumarme a lo dicho por la mayoría tras la columna de ja. Desespera apreciar que la abolición no parece próxima ni siquiera posible. Un mundo que sigue matando de esa manera prueba que, a estas alturas, no ha logrado regirse por un Derecho humano y racional.

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