Cuando a mediados de los años 40, Samuel Lilley escribió su fundamental ensayo sobre el progreso material, “Hombres, máquinas e historia”, era ya consciente de la inevitabilidad de un avance tecnológico que él consideraba un camino hacia una sociedad casi feliz dirigidos por las “fuerzas motrices de la Naturaleza”. Asombra su premonición del papel de la energía nuclear, de la automatización, el derivado de la conquista del espacio o del desarrollo de la informática y enternece su visión “progresista”, en el sentido que desde Turgot se emplea ese término, en cuyo horizonte incluso divisaba una sociedad pacífica y un triunfo de la abundancia. El progreso que traen los tiempos y sus revoluciones tecnológicas no dependede la acción política sino de un imperativo provocado por la “tendencia hacia un mayor control de la Naturaleza” que supone el ineluctable desarrollo de la civilización. Hoy resultaría sorprendenteque hasta hace poco tiempo el número de teléfonos por habitantes fuera un indicador socioeconómico básico, habiendo como hay ahora mismo en España más teléfonos que ciudadanos. La “modernidad”, con que a menudo se confunde esta progresión casi “natural”, responde menos a la acción de esos próceres que a la inercia, también ineluctable, de los hallazgos que enriquecen el ajuar cada día más complejo de un “homo faber” que sólo en profecías como la de Lilley podía concebir este futuro vertiginoso. No hay región civilizada, desde el Algarve a la Argólida, que no se haya transformado en los últimos treinta años hasta aparecer irreconocible a nuestros ojos. Lilley presumió que llegaría un tiempo en que los hombres, “ya bastante ricos” buscarían “objetivos más valiosos”. Vean como la reflexión materialista puede confluir con un mito de tanto aliento idealista como es el del “mundo feliz de los tiempos finales”.

El desarrollo de la especie responde a una lógica particular por completo ajena a la decisión política, lo que no implica que una buena administración no sea capaz de propiciar u obstaculizar en algún grado la mejora material de la vida. Y ésa es la condición radical que distingue al factor humano en el mosaico animal. No son los políticos, son los sabios, quienes transforman el mundo. En una generación hemos dado un salto colosal que, paradójicamente, nos ha hecho más prósperos pero también más desiguales. Al mono loco le queda por delante embridar ese progreso con una nueva moral.

12 Comentarios

  1. Hay días que nos enternece el guiño de nuestro don JA, en este caso enviándome a google para localizar la Αργóλίδα, que suena a lo que es, pero que nunca se está seguro. Al menos yo, pobre de mí, ay infelice.

    Y desde luego no será ese virago pelicanoso o sus acompañantes de negro quienes impulsen la sabiduría y el progreso. Se conforman con ahondar la trinchera entre ricos y pobres.

  2. Excelente columna, aunque confieso que no conozco la obre de Lilley, y excusado es decir que voy a procurármela enseguida. Una gran verdad: son los tiempos los que traen el progreso, como a la fuerza, como por inercia, incluso “a pesar” de los políticos. Ejemplo claro: Andalucía, la última comunidad eurooea pero irreconocible para quienes tengan más de cuarenta años.

  3. Importante e incansable labor divulgativa de lo “excelente” ésta que hace el columnista desde hace decenios trayendo a colación autores olvidados y obras capitales pero enterradas bajo el aluvión de las novedades. Recuerdo la impresión que me hizo Lilley cuando me lo aconsejó creo que fue Arboleya en la misma Facultad en que ambos estudiábamos…

  4. Ay, don Epi, y qué penoso dolor que ande usted siempre con trabalenguas, que se le entienden todo o no tanto, según, cuando lo suyo sería que usted añadiera a las sugerencias interesantes de la columna de don ja sus muchas intuiciones y deducciones. En cuanto a ti, querido ja, me quito el gorro ante tu fidelidad los clásicos, sean estos conocidos o menos (como es el caso de hoy), para extraer de ellos el jugo preciso. Lilley, Taton, Farrington, junto con la escuela española de historia de la Ciencia y la Técnica (Ballester y demás, ya sabes) deberían ser una lectura obligatoria en bachillerato y una materia severa en la Facultad. Tu audacia de traerlos a colación con tanta frecuencia en la letra efímera de un periódico me procura tanta satisfacción como respeto.

  5. El cursi, exhibicionista y presumido le da a Vd. cien vueltas.

    A ver si algún día cuenta Vd. alguna cosa que tenga un mínimo de interés.

  6. Qué estúpida actitud, Dios. Entran en un blog para estribar no para instruirse o instruir. Don Epi es aquí un personaje de primera fila y los comentarios de jagm no merecen estas miserias. Hoy mismo, a poca inteligencia que tenga un lector, habrá de admitir que ha escrito una columna brillante.

  7. Largas discusiones sobre la inevitabilidad del Progreso, el “mito del Progreso”, llevamos mantenidas en esta vida unos cuantos de quienes coincidimos aquí, escribamos o no en el blog. El libro de Bury, nuestro viejo seminario parisino sobre Turgot, el que hacíamos en un café de Saint Michel (también hacíamos otras cosas…), nuestras peleas políticas, nuestra decepción casi generalizada después… El Progreso lo trae el el tiempo, es decir, la acción de los hombres. Es una especia de humor originado en la inteligencia colectiva por obra de mentes privilegiadas. Pero no es una “necesidad”, téngase en cuenta. Cuando oigo a un político alegar como mérito lo que ha cambiado su territorio en unos decenios tengo que contener la risa, ¡porque es que lo creen de verdad!

  8. Hoy las cosas adelantan, que es una barbaridad… cantaban nuestros abuelos en la zarzuela. Siempre marchamos hacia adelante en lo material. Sin embargo, nos degradamos cada vez más en lo moral. Y así será siempre.
    Un pesimista.

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