Henry Ford probó su primer vehículo en Detroit, una madrugada de junio de 1896. Se trataba de un cuatriciclo con ruedas de bici, pertrechado de una cadena impulsada por un motor de gasolina provisto de dos cilindros de cuatro caballos y carente de marcha atrás. Parece que sólo consiguió con aquel engendro viajar a ocho kilómetros por hora agarrado a su volante de hierro, pero lo cierto es que no por ello se desanimó, convencido como estaba de que la idea era lo decisivo y de que algún día su único problema sería el de alentar al gentío a consumir masivamente sus productos. Ford era semianalfabeto lo que no le impidió –alentado entre otros por el mismísimo Edison—a probar infinidad de modelos hasta dar con uno pasable, pero en fin de cuentas su invento mayúsculo fue el de concebir la idea de que ese tipo de bienes destinado al consumo masivo había de ser fabricado en cadena, es decir, eso que luego se llamó “fordismo” y que acabaría generalizándose en toda la industria marcando el ocaso de la artesanía. Hitler tenía una foto de Ford por algún despacho y es reconocido que se inspiró en varios pasajes de las soflamas antijudías del periódico de Ford –en el que se publicó el ingenioso engendro llamado “Protocolos de los Sabios de Sión”—a la hora de escribir el “Mein Kampf”. El mundo no sería el mismo tras el logro de este extremista que demuestra hasta qué punto el genio puede resultar al mismo tiempo una lumbrera y un canalla, un benefactor de la Humanidad y un implacable enemigo de lo humano. Un nuevo modelo de producción coronaría, quizá para siempre, la revolución industrial iniciada tímidamente en Inglaterra, nuestra civilización habría de cambiar del paso, ciertamente, arrastrada en el turbión imparable provocado por quien no hubiera imaginado aquella mañana de junio, recorriendo las calles solitarias, lo que un día llegarían a ser los atascos urbanos.

Me llama la atención un sociólogo amigo sobre el hecho de que ha sido precisamente el sector del automóvil el primero en rehacerse del golpe de la crisis y echar a andar de nuevo aunque aún pasito a paso, hecho que confirma la intuición fordiana de que lo fundamental es conseguir seducir al consumidor en términos masivos. El ignorante se revelaba así como un profeta, cierto que maligno, de un mundo por completo distinto al conocido hasta entonces, un mundo tan confortable como comprometido que, como su prototipo, no tendría ya marcha atrás.

2 Comentarios

  1. También es verdad que en nuestros días salvo si vives en una gran ciudad con una buena red de transportes públicos, el coche es inprescindible.
    Besos a todos.

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