Permítanme la broma, pero escuchando el pregón del libro de Manuel José de Lara tienta decir que menos mal que, por una vez, topamos con un pregonero (de lo que sea) que sabe de qué habla y cree en lo que dice, lo que demuestra que el descrédito del pregón como género se arreglaba rápido con sólo mantener el cuidado de elegir a pregoneros de verdad y no a fantasmas improvisados. Lara, un lector impenitente y un profesor con una obra de peso tras de sí, ha resultado la voz autorizada que se preveía. Ya ven lo fácil que era salir de ese círculo de tiza.

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