Me suena que ha habido otras disposiciones anteriores, pero ésta es definitiva: una madre de Jaén, a la que su hijo desobediente le había arrojado una zapatilla, ha sido condenada a un mes y medio de cárcel y un año de alejamiento del menor por responderle con una bofetada y agarrarle del cuello. La razón –al margen de las que da la propia disposición judicial– la ofrece paladina una asociación dedicada a defender a los menores, en cuyo criterio, la cosa está bien clara: a los niños no se les puede pegar, ni siquiera con el consabido y doméstico cachete, porque ello merece la consideración de maltrato y, en consecuencia, es tratado como delito por algunos jueces. De manera que una madre que reprende a su hijo por no hacer los deberes y recibe a cambio un zapatillazo –como es el caso– carece, en este momento de desconcierto penal y procesal, de cualquier recurso efectivo para hacer que el niño se enderece y atenga a la norma razonable, al tiempo que no tiene quien la defienda cuando es agredida por el menor, al que su propia condición lo exonera de responsabilidad en términos inaceptables. Hay en España miles de padres que denuncian a sus hijos por maltrato y apenas existen instrumentos legales para reparar esa tragedia familiar, pero el buenismo imperante determina la fulmínea intervención de la Justicia (¿) ante un mero sopapo, incluso si está plenamente justificado por las circunstancias. Que no se le puede pegar a un niño está fuera de discusión; el toque está en decidir que es eso de “pegar” y por dónde cae la linde que separa tan afrentosa acción de un mero gesto correctivo que, como es natural, salvo excepciones, no implica propiamente maltrato ni constituye, se mire como se mire, un ataque grave a la dignidad del corregido. Hemos pasado en un abrir y cerrar de ojos del “ius vita et necisque” (derecho sobre la vida y sobre la muerte) del clásico ‘pater familias’, a la dictadura de un “pequeño rey” al que se ha instruido en el manejo de un inquisitorial teléfono de denuncia y de unos derechos insostenibles. Quizá la familia, como unidad social básica, jamás había sufrido un ataque tan disolvente.

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La educación  tradicional europea –sin despreciar ocurrencias como las de Pestalozzi o Ivan Illich—ha funcionado siempre sobre la noción de jerarquía partiendo de la base –por completo sincera—de la incapacidad del tutelado para distinguir por su cuenta y riesgo entre el bien y el mal, y más todavía en su inexperiencia para conciliar su “naturaleza” o inclinación con su verdadero interés. Sospecho que la insultante situación de fracaso de la autoridad que vivimos en la sociedad en su conjunto,  tiene su origen en el seno familiar, en el cual, por imposición externa o propia debilidad de criterio, la coacción pedagógica (no la violencia, que es cosa distinta) ha ido cediendo terreno ante la exigencia utópica de igualdad absoluta. No se respeta al profesor, al policía ni al juez (sobran los ejemplos) porque la “escuela familiar” ha dado en abundancia sus disfuncionales frutos, eso es todo, todo lo contrario de lo que ocurrió en otros países europeos en los que la afirmación disciplinaria no ha excluido el castigo corporal hasta fechas bien recientes. Nunca se puede estar seguro de estas cosas, pero no es improbable que con esta extravagante decisión judicial se haya abocado a ese niño a instalarse en una anomia ventajista que la vida se encargará –por las bravas, lo más probable—de reducir a sus justos límites disciplinarios si no a hacer que le reviente bruscamente en las manos tan peligroso artefacto. No se le puede pegar a un niño. Vale, ni a un padre. Lo curioso es que este sistema judicial esté garantizando lo primero a base de ‘ejemplares’ sentencias mientras que ante lo segundo se limite a mostrar su estupor y alegar que carece de medios coercitivos. Los niños son un tesoro. Es una pena que se los utilice para sufragar la banalidad de algunos adultos.

5 Comentarios

  1. El niño, veintiseis meses, edad de la exploración del entorno, descubre en un rincón del salón una pequeña placa con dos orificios, cuidadosamente obturados por un dispositivo. Le pica la curiosidad de qué sea ello. Como no puede retirar con sus deditos el obstáculo, lo remueve con la punta de un lápiz o similar. ¡Albricias!. Hay dos agujeritos oscuros donde tal vez viven hormigas habladoras o duendecillos sabios. Va a …

    – No, cariño, ahí no se puede meter ninguna cosita, porque se trata de un mecanismo eléctrico de corriente alterna. De un enchufe. En-chu-fe. Caca. Ahí no.

    El rapaz se aleja con su andar aún indeciso pero al rato, como no ha olvidado su descubrimiento, vuelve a inclinarse en el rincón, esta vez provisto de algo punzante que ha buscado. Retira de nuevo el protector y. Una madre celosa lo ha vuelto a parar.

    – No, mi vida. Es peligroso. Se puede producir un cortocircuito y hacerte mucho daño. No te vuelvas a acercar.

    La curiosidad del infante, espoleada por la prohibición, lo lleva una y otra vez al rincón, cuyos procedimientos para vencer obstáculos, domina.

    – Nene, ¡no!. ¡Fuera de ahí! ¡Te he dicho que no!

    Así hasta cinco veces. La última, la mamá, con una violencia inusitada y abuso de fuerza, je, je, le retira el enésimo artilugio de la mano, la sujeta por la muñeca y le da una palmada en el dorso de la tierna manecita, que se enrojece levemente.

    Esa madre debe ir a la cárcel, serle retirada la custodia de su hijo, sufrir una orden de alejamiento y si es posible, hacerle escribir a diario doscientas veces durante dos años ‘A los niños no se les pega. Y menos, una madre’. Como pena sustitutiva, debe abandonar tres horas diarias a su bebé hasta la mayoría de edad de este y acudir de limpiadora a la guardería municipal.

    Ah, se me olvidaba. El niño murió un mes después electrocutado mientras hurgaba en una estufa eléctrica que daba calorcito y tenía un atractivo piloto rojo encendido.

  2. Es mala cosa confundir la protección del menor con su impunidad. No hay orden social posible sin disciplina, más o menos intensa, ni familia viable sin un orden jerarquizado la menos suavemente. La imagen de esa madre sordomuda lamentándose en tv me ha abierto las carnes. Por eso le agradezco hoy el tema. (Tiene usted un especial instinto para localizar la actualidad, jefe).

  3. quien a hierro mata a hierro muere, el tiempo pondra a ese niño en su sitio, sino su madre, cualquier delincuente o armabroncas con el que se cruce, sino la bala de un policia, porque el que mal anda mal acaba. y o cambia la ley y se restaura la potestad del tutor sobre el menor plenamente o mas un injustamente lo va a pasar mal en el futuro por no recibir una bofetada a tiempo, bien es cierto que cada caso se estudia individualmente y no es igual, no se puede aplicar la generalidad. un saludo

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