Temo que el cambio climático que se anuncia apocalíptico vaya a provocar más desconcierto en la opinión que reacciones discretas. No se ponen de acuerdo, dicen un día una cosa y otra distinta al siguiente y, en definitiva, generan entre todos un clima de duda insalvable que, como es natural, deja indefenso al ciudadano ante lo que se le anuncia. Desde la universidad canadiense de Trento (Ontario) acaba de ilustrarse la tesis del cambio rápido anunciando que en la Antártica se ha desgajado una isla de 50 kilómetros cuadrados que navega al pairo estros días evidenciando la velocidad de una mutación en el régimen climático como para asustarse, pues el hecho se debería a la subida de temperaturas en la zona, que el Centro de Estudios Polares considera rápida por no decir vertiginosa. Pero, fíjense en el batiburrillo, al mismo tiempo unos científicos reunidos en un simposio coordinado por el Instituto Antártico Chileno y la universidad de Valparaíso han lanzado la hipótesis de que aquel vasto continente helado tuvo, durante gran parte de su historia, un clima templado y frío cuyo cambio hacia las circunstancias actuales se inició hace nada menos que 33 millones de años. No sabe uno a qué atenerse, ya digo, como el otro día resaltaba el profesor Toharia en las “Charlas” onubenses de este periódico, con el definitivo ejemplo de Groenlandia, fría tierra donde las haya, cuyo nombre, sin embargo, significa literalmente “tierra verde”, lo que quiere decir que hace sólo un puñado de siglos aquellos pagos no estaban en ningún caso helado sino todo lo contrario. Mucho se ha hablado también de los caminos medievales que el retroceso de un glaciar alpino ha dejado al descubierto o de la idea de ciertos sabios americanos de que, en realidad, tanto el Ártico como sus antípodas, acumulan cada vez más hielo. Ya ven, Al Gore se está forrando pero nadie sabe si su mensaje es un evangelio o un camelo bien trovado.

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Cambios ha habido siempre, en cualquier caso. Le Roy Ladurie estudió en un libro clásico tanto las canículas como los periodos glaciales ocurridos en Europa entre los siglos XIII y XVIII –mutaciones cuyas consecuencias fatales sobre la sociedad de subsistencia agraria no será preciso subrayar—y los estudios de esta especie abundan desde hace mucho tiempo, a pesar del carácter conjetural que, en definitiva, tiene toda historia del clima por muy empírica que se plantee. El problema hoy es más bien decidir si el impacto ambiental de la actividad humana que, evidentemente, lastima la atmósfera, es tan grave como dicen los agoreros o no lo es en absoluto como sugieren los optimistas. Los estudios de Jancovic sobre esta perspectiva son ahora mismo una de las referencias más interesantes sobre el asunto, pero quedan tan lejos de predecirnos el futuro del clima como tantos otros intentos anteriores. Habrá, pues, que convivir con la duda, habituarse a la incertidumbre sin perjuicio de una prudencia que, como es natural, escasea allá donde compite con el interés. Suele repetirse a este respecto que el propio Al Gore, ese apóstol de la causa, no movió un dedo para firmar el protocolo de Kioto cuando era vicepresidente de los EEUU, pero eso sería lo de menos. Lo que no lo es, es el catastrofismo, mal consejero donde los haya, y hoy presente en este debate universal que corre el grave riesgo de desvanecerse como todo asunto demasiado traído y llevado que carezca de calendario estricto. Lo de la Antártida que comentábamos antes, sin ir más lejos, da una idea de la parsimonia con que funcionan los cambios a escala planetaria pero ahí está esa isla vagabunda del Norte para devolver la pelota de un efectivo revés. No se me oculta la dificultad, pero parece urgente que los sabios se pongan de acuerdo siquiera en lo fundamental antes de que la opinión descarte por su cuenta y riesgo lo que, a lo peor, es algo más que una simple alarma.

6 Comentarios

  1. Es curioso cómo este hombre busca los puntos de equilibrio y nos los plantea como un reto. ¿Es cierto que la actividad humana emite a la atmósfera gases que la perjudican? Sí, padre.

    ¿Es tan grave como sermonean los agoreros o tan inocente como casi se carcajean los optimistas a la violeta? That is the question. (Una servidora no domina el idioma de don Guillermo, así que si hay errores ortográficos, responda el cielo, no yo).

    Porque debe haber miles de pájaros de hierro quemando keroseno cada día y millones -¿m’he pasao?- de camionacos de esos de gran ruta, bañeras, hormigoneras, hummers y hermanos menores, autos más o menos verdes, etecé, soltando ‘jumo’ por. (No me atrevo a poner por dónde, que luego vienen los añorantes de la censura a decirme procaz, soez y zascandila).

    Servidora que no está segura de casi nada en esta vida, es la menos llamada a dar respuestas, porque lo que suelo es hacerme preguntas. Pero apunto un par de cositas. La historia del vestido y la vulcanología.

    En la primera, se marea una y todo lo que encuentra son referencias a la moda y pocas al binomio ropa/clima. El Jefe se apunta varios amarracos al señalar con el dedo a los siglos XIII al XVIII. (Los tontos nos quedamos casi siempre mirando el dedo, pero como una lleva tiempo dándole vueltas al magín sobre el tema, esta vez sigo la dirección de la flecha). Que si las Cruzadas, que si la influencia de Bizancio. A ver, un par de vueltas para atrás a la manivela. Los clásicos, Grecia y Roma, ¿iban tan sueltecitos con sus pepla, sus túnicas y sus clámides para lucir lo de abajo o porque hacía calorcito? ¿El wikingamen se ponía sus pellejos y sus patas bien abrigadas por asustar o porque en sus tierras solía hacer fresquito? ¿En la época del románico se construían aquellos mazacotes con rendijas por brutos o porque hacía frío? ¿Nuestros condeses y marqueses medievales, y sus siervos de la gleba, ojo, se requeteenvolvían en sus mantos, sus pellicos y sus gorros por frío o por pudor? ¿El austriamen, incluidos sus Cervantes y Lopillos -a este Lopico, lo pico (calambur)- vestía aquellos chaquetones, aquellas golas y aquellas calzas largas, jubones y capas, porque hacía frío o porque tenían que posar para la posteridad?

    Pues coincido -una, tan torpe, el Anfi, tan sabio- con que si hubiera registros directos, que los indirectos algo los he resaltado ya, de estaciones meteorológicas avanzadas desde al menos Solón y Thales hasta hoy, los dientes de sierra nos darían útiles lecciones.

    En cuanto a la vulcanología, vayamos a las páginas de los hermanos mexicanos y enterémonos de que las fumarolas son toneladas de CO2, ¿les suena? y de SO2, dióxido de azufre para los de letras, que aquí quiero yo ver la montaña de lanróver con la reductora puesta, que habría que juntar para parecerse a la cachimba del Popo, don Goyo para los amigos.

    La conclusión a la que llego es que no llego a ninguna conclusión. Hay siglos en que una no anda fina.

  2. Ay mi D. JA, no hace falta que un pajarito con el que desayuno todos los días me diga que tiene Vd. un coco privilegiado además de una biblioteca de postín como las que no hay en toda Hispalín. Me lo creo, vaya que si me lo creo, no hay más que leer sus comments para percatarse de ello, pero lo de “periodos glaciales” en L’histoire du climat depuis l’an mil, mejor dejarlos en periodos fríos a secas, por mucha titiritera que hiciera, a no ser que quiera que atormentemos al personal con los nombrecitos de los auténticos periodos glaciales y sus correspondientes interglaciales. Encima en yankilandia los llaman de otra manera, para eso son más chulos que un ocho. ¿Que Dª Gaia pasa de los miserables que pululan por sus tectónicas móviles? Ya lo apunta sabiamente Dª Reta hila.
    Pero yendo al fondo del meollo, si espera que los científicos ¿sabios? nos saquen de la incertidumbre “aviaos” estamos. Poco pueden predecir los científicos que no sea a corto o mediano plazo porque con “su ciencia” sólo pueden abarcar un sector de la realidad, de “su” realidad. Si insisten que tienen esa capacidad de predicción no es porque sea cierto sino porque necesitan desarrollar su estrategia de financiación y control del chiringuito que ellos mismos han creado. Échele su buena dosis de vanidad, de ambición de poder y de lucro económico, y tendremos un magnífico cóctel para cenutrios de lo más convincente, sobre todo si es servido por un mediático mesías de lo verde para yupis progres como Mr. Gore.
    ¿Qué si pinta feo lo que estamos haciendo? Ya le digo, y soy de los que creen que sólo una ciencia cabalmente controlada nos puede sacar del atolladero, pero pregunte al personal qué es lo primero que le preocupa de su agenda vital. No creo que sean los calenturones de la Pachamama.
    Mis saludos y respetos.

  3. Al día siguiente, como de costumbre.
    Pues esto de hoy(con retraso, pero es hoy), confirma lo de ayer: no podemos saber , con nuestros simples conocimientos y buen criterio, si el clima está cambiando drasticamente (por nuestra culpa o no, eso ya es otra cosa. Si me apuran es lo de menos; lo que tenemos que saber es si podemos detenerla tendencia)…Y como apunta aqui En Sr. Coleuche tampoco los sabios pueden asegurar nada, así que vamos a dejarlo y a jugar con prudencia: cierren el grifo del agua cuando se laven los dientes, no pongan la climatización a fondo, que en realidad ayuda a subir la temperatura, cierren los póstigos por la tarde y abran las ventanas por la noche, recojan el agua de lluvia, enfín sean razonables, simplemente y no meros consumistas.
    Besos a todos.

  4. Me encanta la manera de escribir del Sr Coleuche, porque dice cosas sabias con humor. Muchas gracias.
    Vicente, ¿por qué escribe usted en MAYUSCULAS? En lenguaje maquinográfico o informático significa que está usted protestrando. Casa vez me sorprende. …Pero quizás sea ese el efecto buscado. En ese caso Usted perdone.

  5. Dª Marta es Vd. como la anhelada brisa que los marineros esperaban para que los salvara de la calma chicha (y a veces hasta mortal). Vamos, de lo que no queda.
    A sus pies.

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