La montaña, como era previsible, acabó pariendo un ratón, y después del desastre que ha supuesto en los últimos años el partidismo nato de los miembros del Tribunal Constitucional, los partidos mayoritarios han resuelto el inabordable problema con la expeditiva fórmula de repartirse los nuevos magistrados y dejar uno, en plan cuota, para contentar a CiU y otro para IU. Yo recuerdo que, en agosto de 2011, la hoy vicepresidenta anunciaba que el PP incluiría en su programa electoral una propuesta para reformar el sistema de elección de esos magistrados (que no siempre son jueces) “para fortalecer su profesionalidad e independencia” de forma que sus nombramientos fueran separables de las mayorías parlamentarias, una fórmula con que se deshacía de su anterior sugerencia de un sistema de magistratura vitalicia como el vigente en Norteamérica. También Gallardón anunció en diciembre pasado su doble intención  de modificar el procedimiento para elegir los vocales del CGPJ y los requisitos de los candidatos a miembros del TC. Y hace poco, Esperanza Aguirre, lanzó un órdago a la grande al proponer la disolución de sea superinstancia y crear una Sala en el Supremo para velar por el cumplimiento de la Constitución, como ocurre en muchas democracias. Pues bien, ya han visto lo que dura el compromiso: repartiéndose escrupulosamente en dos esa tarta supremísima dejando la imprescindible cuña para contentar a algún minoritario. Todo hace temer, en consecuencia, que nada variará en el futuro, es decir, que seguiremos augurando los fallos con nada más que contar esos votos que –salvo una sola excepción hasta ahora—son simples votos de partido.

La primitiva idea de que el Poder Judicial se constituyera a solas le duró a Guerra medio minuto. A nuestra democracia le va a costar otro par de mandatos sin separación de poderes. Esta democracia averiada se basa en la superioridad arbitraria del Legislativo, como si ello fuera alguna garantía de neutralidad o ventaja de justicia, y ahí vamos, de peor en peor, dispuestos ahora a reemprender la porfía de los partidismos judiciales a los que ni el PP ni el PSOE están dispuestos a renunciar. La partitocracia tiene sus reglas y sus costes, a ver qué creían. Y los partidos –todos—tienen sus cuentas con la Justicia que han de ser puestas a buen recaudo. El pueblo no sabe de ellas. Estoy por decir que menos mal.

7 Comentarios

  1. ¿Qué esperaba usted, amigo ja, de estos traficantes? Los partidos son máquinas de empleo, organizaciones de prestigio y riqueza, antes de cualquier otra cosa. ¿Van a dejar que los jueces se las arreglen solos sabiendo lo que traen entre manos quién más quién menos?

  2. Los partidos se blindan sin está en su mano. Seamos humanos, ¿quién no la haría en su lugar…?

  3. La Justicia esta mal. Nwecesita una reforma de fondo. UIndenedizarla de los otros dos podera, en una palabra. Dejar a los jueces juzgar a los jueces.

  4. ¿No esperaría usted que estos demócratas de medio pelo renunciaran al control de la Justicia? Parece mentira, don ja, que deje usted siempre entreabierta a la mejora y al progreso.

  5. Le haría la misma pregunta que ya le ha hecho Ropón, y me imagino que él sabe de lo que habla. El doctor Pangloss tamnié ha dicho una frase definitiva. “Dejad a los jueces juzgar a los jueces”.

  6. Estamos en una encrucijada y los que mandan no se enteran. Vale más salvar su Filesa o su Gürtel que salvar la Ley. En este sentido, no vivimos una democracia completa. Ni mucho menos.

  7. Hago oposicones a un cuerpo de juristas. Tengo mis ilusiones, aprendidas de mmi padre y mi abuelo, ambos notarios. ¿De verdad no seré independiente en el ejercicio de mio profesión?

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