Tremenda reaparición de Guerra en la precampaña electoral, en amor y compaña del gran muñidor del caso de las prejubilaciones falsas y dispuesto a defender esa rapiña con los argumentos más pobres y gastados, para decepción de quienes aún pudieran esperar de él algún refuerzo moral, incluidos muchos guerristas. Guerra es el paradigma del político profesional, atado al partido como a una empresa y al cargo como a un clavo ardiente, y lo mismo vota los Estatutos que descalificó en público, que defiende ahora el mayor montaje defraudador registrado en la autonomía. De Guerra no queda más que su demagogia y el estómago agradecido. Hay que ver por lo poco que puede ponerse en almoneda incluso un personaje que lo tuvo todo.

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