Ni la tragedia del coronavirus ha sido capaz de detener el flujo migratorio. Se ha reducido el número de pateras procedentes de Marruecos, pero, como informaba ayer M. Moguer, nuestro fantasma no está siendo suficiente para evitar que un par de miles largo de desdichados hayan arribado a nuestro hoy peligroso paraíso. “Más cornás da el hambre”, puede que digan ellos. O el miedo. ¿Cabe imaginar cómo será la situación real de esa humanidad condenada para que, en plena tragedia, se jueguen la vida en el mar con tal de huir de su infierno? ¿Qué haría falta para que nosotros, los ciudadanos del Primer Mundo, hiciéramos ese viaje casi suicida para alcanzar un territorio en cuarentena? Hay, por lo que se ve, cosas peores que el coronavirus, aunque a nosotros nos cueste imaginarlo siquiera.

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