Dos imágenes han llevado al ánimo de los japoneses la gravedad de la hora en que vive su país. La primera es la de un osezno, un panda desconcertado por el seísmo, que buscaba amparo desesperadamente refugiando su cara entre las piernas de un policía del zoo que, a su vez, lo consolaba con visible ternura. La otra es la del propio emperador, la del “Hijo del Cielo”, la del que fuera trece siglos trasnieto del Sol Naciente y sólo jefe del Estado constitucional desde 1943, que se ha dignado asomarse al televisor rompiendo la norma de lejanía en que se ha fundado siempre su misterioso prestigio. La del oso habla por sí sola, en especial si recordamos que lo habitual en las catástrofes es que nos lleguen noticias del infalible instinto animal para presentirlas y poner tierra por medio. La del emperador, porque confirma la veneración residual de ese pueblo por sus tradiciones al tiempo que la inutilidad de una institución cuyo mensaje, a la hora aciaga de la verdad, apenas ha consistido en unos cuantos tópicos del todo prescindibles. Nunca se ha confirmado la leyenda de que Mac Arthur pensara en su día en la imagen rompedora de poner al dios de rodillas en el acto formal de la rendición y de que sólo la discreción de Washington lograra frenar el insensato proyecto, pero viendo a Akihito asomarse a la pantalla como un portavoz cualquiera y desgranar como un político más su breve sarta de banalidades, la verdad es que la miseria actual del mito se revelaba con insuperable rotundidad. Entre el cúmulo de observaciones y lugares comunes que estos días está provocando la tragedia japonesa, se me antoja que esas dos representaciones, conmovedoras cada cual a su manera, tardarán en borrarse tanto de la memoria propia como de la ajena. El tsunami no sólo ha herido de gravedad al país sino que ha servido para revelar súbitamente el secreto a voces, tan bien guardado por lo demás, de la liquidación del pasado.

 

Para lo que, de momento al menos, no hay imágenes es para ilustrar el futuro del Japón. Nadie sabe qué está ocurriendo y menos qué puede pasar una vez acallado el clamor si es que se logra superar la crisis de modo al menos razonable. Todo el mundo se hace lenguas de la disciplina nipona, de la capacidad de sacrificio de un pueblo que desde sus cenizas supo elevarse a la cima entre las grandes potencias, pero nadie puede imaginar siquiera qué suerte le espera a la salida de este apocalipsis. Un oso asustado buscando amparo en un gendarme y un emperador sin palabras son la única respuesta, por el momento, a ese interrogante. Japón está lejos pero cerca. Ni sus zoos ni sus palacios son tan diferentes de los nuestros.

2 Comentarios

  1. Bonito y melancólico artículo, pero yo apuesto por la recuperación rápida del pais del sol naciente.Vean con que rapidez se transformó Alemania del Este, y como se recuperó Japón del precedente terremoto: unos días apenas y ya ni quedaba rastro….
    Besos a todos.

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