Insisten algunos sabios en colocarnos la trola inmensa del control neurológico del deseo y, más concretamente, la idea de que los avances de esa ciencia prodigiosa permitirían hoy operar desde una disciplina que se podría llamar “neuromartketing” por dedicarse a indagar en el córtex o bucear en lo profundo para averiguar los mecanismos de la elección del consumidor, es decir, para apoderarse de él. Ha habido ya importantes congresos y pueden verse en la Red ‘sitios’ en que se ofrecen los supuestos servicios de una psicología del consumidor capaz de facilitarnos las claves del éxito comercial. Pero la verdad es que, a medida que se va sabiendo más y que más cercanos nos quedan los enigmas del cerebro, menos verosímiles son esas ofertas que, por lo general, vienen a ilusionar con la promesa de la posibilidad de programar la oferta a la mediad estricta de la demanda, como si la decisión (la de adquirir o cualquier otra) no fuera, en última instancia, una maniobra racional por mucho que pueda hundir sus raíces hasta el abismo reptiliano. El profesor José María Delgado me descubrió una grabación de un partido de baloncesto entre chicos y chicas en el que los testados –a los que se les incitaba a contar las intervenciones de ambos sexos—resultaban incapaces de ver a un oso de grandes dimensiones que, en un momento determinado, cruzaba por la escena. Y yo recuerdo otro que hace muchos años se exhibía en los cines de París en el que la cuidada y agobiante visión de una travesía del desierto, convenientemente trufada de imágenes subliminales de una coca-cola, provocaba una verdadera estampida hacia la cantina en el intermedio en busca de esa “chispa de la vida”. Se han empeñado, sin éxito por el momento, en convencernos de nuestra condición de víctimas del consumo. De lo que no estoy nada seguro es de que no acaben consiguiéndolo.

 

Quizá no sea humanamente provechoso sino todo lo contrario, reducir la humanidad a su dimensión biológica, como pretende hacer este materialismo sin etiqueta que se entretiene en espiar las reacciones de nuestro cerebro reduciendo el deseo a una mera variable o encerrándolo a cal y canto en una estadística entre cuyos pliegues se pretende localizar la voluntad, esa facultad prodigiosa que, en última instancia, se resuelve en razón pura y dura. Nadie se compra una camiseta o un perfume porque se lo imponga el íntimo reptil sepultado en nuestra mente, hace tanto tiempo, por la evolución salvadora. Aunque funcione la oferta imaginaria que presenta al consumidor como un “mente captus”. Después de todo, el mercado sabe que, como corderos, no tenemos precio.

9 Comentarios

  1. Se agradece este tipo de pronunciamientos contra la beatería cientificista que en nada se oponen a la Ciencia sino a los abusos que de ella hacen sus manijeros más mediáticos. El cerebro acabará manejándose, seguramente, pero no del modo “utilitario” y banal en que lo prevén estos ilusos que, al final, nunca dicen nada concreto.

  2. Interesante. Yo tampoco creo en esos milagritos y descubrimientos que son simulacros de soluciones materialistas. No hay nada en el cerebro que no sea materia, quiero decir, pero resulta indignante leer cada tres días que uno ha desc ubierto la “sede del alma”, otro el rincón del deseo y un tercero el nicho en que se encierra la ilusión.

  3. Nuestro amigo honra hoy al santo Isidoro, el gran sabio enciclopédico, con este comentario tan inteligente sobre las limitaciones del saber actual y sus pretensiones exageradas o simplemente equívocas. De acuerdo en todo con el artículo, una vez más demostrativo de un interés por estar la día y por mantener la guardia alta que resiste pocos parangones.

  4. Precioso ejemplo el del oso cruzando la cancha desapercibido. Hasta es epunto es influenciable la mente humana. ¿Debemos fiarnos de nuestros sentidos? Parecq eu lo discreto –como creo que sugiere la columna de hoy–. sería andarse con pies de plomo en este terreno.

  5. No hay que ser crédulos con estos mercachifles. Por la columna me enteré del libro de Di Trochio, Las mentiras de la Ciencia, y en´él me he terminado de convencer del alto nivel de trampa que hay en la comunidad científica y se da por bueno. Ya no hablemos de las simples declaraciones a prensa (a revistas especializadas, por lo general) de publican porque saben que esas “novedades” venden. Me gusta el tono de prudente distancia que al autor usa siempre que trata estos temas: entre el entusiasmo por la Ciencia y la desconfianza (justificadísima) de no pocos científicos.

  6. Y es que gracias a los avnaces, sobre todo gracias a las modernas técnicas de la imagen -tomografía de transferencia, emisión de positrones et al.- en medicina se está jugando a los minidioses. Se conocen neurotransmisores, catalizadores, inhibidores o precursores y ello va unido a que si a las ciencias del común, le anteponemos neuro, parece que se toca ya el cielo con las manos. Se engola un poquito la voz, se levantan las cejas y se dispara el palabro como quien está en el ajo del zancajo: ¡neurobiología!, ahí queda eso. ¡neurolingüística!, ¿pasa algo? Luego resulta que hay un conocimiento más o menos elemental que alguien, casi siempre modesto, ha trabajado y cien loritos que lo repiten como si fuera una laboriosa cosecha propia.

    Me uno a los criterios expuestos y en particular a esa prudente distancia, no por respetuosa menos crítica, que mi doña Clarines celebra en la postura del Anfi.

    βεσος α τοδοç. (Con la venia y el copyrigth de la bienamada doña Sicard).

  7. “Natura semina scientiae nobis dedit, scientiam non dedit” (Séneca)
    El cerebro nos engaña, pág. 48. Francisco J. Rubia.

  8. la verdad es que al menos en sevilla tenemos como costumbre en creer en casi todo lo que nos cuenten, somos demasiados confiados.un saludo Don Jose Antonio

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