Mucho vamos sabiendo en el ámbito del instinto sobre la actitud de esos animales llamados “irracionales” que nos darían grandes sorpresas si, como planteaba hace mucho Heribert Schmid, pudieran hablar. El orden, por ejemplo, ese fenómeno que solemos creer exclusivamente humano, no exceptúa a casi ninguna especie, incluidas las solitarias, y alcanza a veces a algunas organizaciones de extremada complejidad y rigor. Decía Maurras que lo que a él le admiraba no era el desorden apreciable tantas veces, sino el orden mismo, y preciso es confesar que a medida que uno se interna en la etología, su apreciación parece confirmarse. Incluso el orden en su sentido más radical, de disciplina garantizadora de la paz social, se presenta como una realidad fantástica en algunas especies, desde las mayores a las minúsculas, en las que la voluntad de mantenerlo parece conferida de modo natural a los individuos más prestigiosos del grupo. Leo en “PLoS ONE” –la revista científica más grande del mundo según algunos estudiosos– el resumen de los trabajos de un grupo de etólogos de Zurich que han probado la existencia entre los primates humanoides, concretamente entre los chimpancés, de una efectiva “policía” en sentido literal, es decir, de un código impuestos por esos individuos prestigiosos con el exclusivo objeto de garantizar la paz del grupo por las buenas si es posible y, en caso contrario, por la malas, una demostración parsoniana que haría las delicias del funcionalismo radical. La vida parece empeñada en demostrar que el orden es condición de la libertad, aunque uno pueda entender la intención última de Goethe cuando escribió aquello de “prefiero la injusticia al desorden” que tan bien expresa el lado humano, demasiado humano, del amante idílico de Carlota en Weimar. Incluso la acracia es un orden extremo, un código voluntarista de autogobierno, que Aranguren entendió como una versión radicalmente secularizada del humanismo. Claudel no hacía más que jugar a la paradoja cuando defendía que si el orden es el placer de la razón, el desorden es la delicia de la imaginación.

Cada vez que entreabrimos una rendija vislumbramos con más nitidez la evidencia de la unidad básica de la vida, cada vez que acercamos la lupa al “irracional” crece nuestra certeza de que la razón, en su más íntima enjundia, es también una energía moral. Cuando Vargas Machuca escribió su obra “El poder moral de la razón” no se le hizo el caso debido, como no se le hizo a los animalistas cuando reclamaron para los bichos su alícuota en la hegeliana “astucia de la razón”. ¡Chimpancés policías! Es posible que la vida, ninguna vida, pueda mantenerse sin la camisa de fuerza.

4 Comentarios

  1. Otra día excelente, ja, estás en forma, cosa que no me explico dadas las circunstancias. Sigue así.

  2. Ha hecho un magnífico comentario de una noticia insólita, que no debe condundirse con un “ereflejo de orden” sino todo lo contrario: en un deseo de libertad… real, es decir, posible. Hasta los monos se han dado cuenta de esa necesidad.

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