Mi más viejo lector-amigo, el doctor P.G.P., me envía una inquietante invitación a que reflexione aquí en público sobre lo que él llama “suicidio ampliado”, es decir, el que ejecuta un hombre (hay que suponer que) en su sano juicio sobre sí mismo y sobre su pareja. Lo ha movido una de tantas noticias sobre ese anciano que decide liquidar a su compañera, enferma de cáncer terminal, y a continuación se quita él mismo la vida, un caso frecuente que pienso como él que no debe incluirse entre los atribuidos a la violencia machista. ¿Qué nos ocurre, Doc, acaso es que cumplimos más años de los quisiéramos, tal vez que hay experiencias tan duras que fuerzan a reinar en estas “soluciones” extremadas? Siempre recuerdo el final de André Gorz (“Michel Bosquet”) con su compañera –con los que hablé dos veces justo en mayo del 68– o el famoso de Arthur Koestler, igualmente acordado por la pareja, decidida partidaria de la eutanasia. Y no me refiero al de Althusser estrangulando a su mujer –y a ver quién dice que no fuera por piedad–, sino al mancomunado y sereno elegido de común acuerdo. Habría que repensar (aunque alguna vez se ha hecho ya) por qué tantos “razonantes” se suicidan, aunque un amigo parisino decía siempre que la gran razón de estas catástrofes (desde Safo a la Woolf, desde Deleuze a Primo Levi, desde un medieval como Mishima a un vitalista atormentado como J.A. Goitisolo…) no es otra que el “metus insuperabilis” ante la inevitabilidad del fin, ese absurdo ontológico. Un compañero de facultad, seguidor de Durkheim, demostró que el suicidio concernía más a semi y analfabetos integrales que a gente cultivada, y sin embargo… La leyenda griega recuerda a Anaxágoras, a Demócrito y a Cleontes dejándose morir de inanición; la romana a Séneca en la escena senatorial del último baño asistido de su médico. La de mi generación, la respuesta de Sartre: “¿La muerte? ¡Ah, la muerte! No pienso en ella”.

Pura cuestión de conciencia, ésta del suicidio “ampliado”, difícil y aristada, sólo clara para quien vive en la “eutimia” perfecta, entrañable sólo cuando el amor rige las voluntades desvinculadas libremente de toda necesidad. Los Koestler sentados en sus butacas, mano sobre mano, son conmovedores; no Empédocles lanzándose como un Dios al volcán. ¿Qué quiere que le diga, Doc? Que no creo en los atajos, por ejemplo. Pavese lo sabe y escribe a la amada: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Cerrados o abiertos, qué más da.

5 Comentarios

  1. He vivido dos experiencias en este terreno y sé de lo que habla, con el tacto que suele hacerlo, don jagm. Creo que esa lista de suicidas talentosos, que podría alargarse mucho más, no necesita más explicación que ese «sin embargo…» que ofrece la columna. Por mi parte, gracias, muchas gracias.

  2. Toca usted un punto muy delicado. También yo he tenido experiencias en el asunto y por eso mismo reconozco la prudencia de su postura. ¿Tiene sentido prolongar la vida propia y la del cónyuge cuando ya no hay perspectivas de vida razonables? Decida cada cual, eso no hay ni que decirlo, pero bien sopesadas las razones, bien garantizado que sólo el AMOR mueve la mano. Althusser estaba loco, como es sabido. Los otros han hecho uso de una libertad que nadie puede negarles.

  3. No elude los temas por espinosos, a la vista queda, nuestro anfitrión. Y deja poco que añadir a esas reflexiones que le había pedido un amigo, esperemos que no afectado por esa decisión tremenda. Lo del amor está muy bien. Pero ¿y dónde termina el amor y empieza la decisión previa ya tomada? Ahí dejamos la cuestión.

  4. “Detrás de cada suicidio está el dolor. Quien se suicida siempre es una persona con dolor físico o moral, al que que no ve salida y se le hace insoportable», son palabras de la psiquiatra experta en Suicidología Carmen Tejedor. Le tengo oído al Dr. G.P. que el suicida no busca la muerte en sí, sino dejar de vivir la vida que lleva, que se le hace terriblemente infeliz. Me mostró la carta de despedida de una suicida –salvada en el último minuto, mientras subía a la barandilla desde la que se iba a precipitar- y era tan simple y tan hermosa como una postrera y definitiva declaración de amor.

    El “suicidio ampliado” no es más que una eutanasia activa hacia quien se ama mucho y se ve sufrir mucho. Infinito. El suicidio propio después no es sino una renuncia a la vida tras no tener ya junto a sí al ser amado.

  5. L apropia columna asume lo que se comenta: un suicidio, «ampliado», si se ejecuta «por amor», de común y libre acuerdo, sin violencia ni miedo –como es de los Koestler o los Gorz– es un acto tan digno como el que siempre se le ha elogiado a Séneca. El problema está en decidir si en la mayoría de los casos que dan a conocer los telediarios no se ha actuado con precipitación, o en función de un «acuerdo imperfecto», ya me entienden ustedes.

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