Sostiene la teoría americana que el primer mandato de un presidente sirve para ponerlo a prueba y el segundo para intentar pasarlo a la Historia. Obama, por ejemplo, acaso el presidente mejor acogido desde Roosevelt, ha dado pares y nones en su pasada legislatura pero está afrontando esta segunda y última bajo preocupantes signos de descrédito. No pudo liquidar, como prometió, la ignominia de Guatánamo, perdió el pulso con los conservatas del “tea party” en su intento de universalizar la sanidad, no pudo sacar su proyecto de reducir el arsenal doméstico de sus ciudadanos, espió a todo quisque, multiplicó los “drones” y ahora, en su viaje a África se ha visto sorprendido por una negritud escarmentada que le acusa de que su visita no es de solidaridad con sus ancestros, sino un costoso viaje de negocios respaldado por sus ávidas multinacionales. Desde México, por otra parte, se le señala como el autor no poco cínico de un endurecimiento hasta ahora desconocido de la política antiimigratoria a base de detener a los “sin papeles” no sólo en la famosa frontera, sino en sus propios hogares, en sus lugares de trabajo en la calle o en la carretera, acaso por una simple infracción de tráfico. Lejos va quedando aquel “presidente de la esperanza” al que a los chambelanes del Nobel les faltó tiempo para concederle el premio de la Paz. Ahora mismo en la Casa Blanca la única protagonista intacta es la primera dama y sus dos hijas “góticas”, reconvertidas ya a modas convencionales en mano de los modistos de la gente guapa. Empieza a declinar la estrella del “gran jefe negro” (atribuido a Charlton Heston), no hay esperanza que dure en casa del pobre ni en la del rico.

Por mi modesta parte, mantengo la cautelosa confianza que en su día deposité en el personaje, en el que creo reconocer la imagen del idealista algo ingenuo que pudo creer que, al oeste del río Colorado, los canes se ataban con longaniza. Y le deseo lo mejor para el tramo que le queda –antes de que la dinastía Clinton sea repuesta en el trono por otros cuatro años al menos– por más que tema que no vaya a resultarle fácil su tarea. Obama ha reunido en su experiencia el máximo de ilusión y el mayor desencanto aparte de provocar la “reacción” más visceral en el vientre de su gran país. Pasará a la Historia probablemente con minúscula. Una silla de rueda o un magnicidio en Dallas no le caen a un presidente todos los días.

5 Comentarios

  1. No sé si se trata de un lapsus de mi don JA, pero un servidor juraría que las niñas de don Barack Hussein no adoptaron nunca el estilo gótico que les aplica. Es más, me he ido a los interneses de la época y las chiquillas visten catetito, o sea, lo contrario del gótico florido de las Zapateritas.

    ¿Se imaginan el cacao maravillao que se hubiera armado en los USA si una de las Obamitas se hubiera ido de okupa con su noviete, como hizo durante la presidencia del Bobo Solemne, Laura Rodríguez Espinosa, su primogénita, pelo rojo con mechas verdes?

  2. Lleva razón don Epi, amigo mío, no eran las niñas de Obama sino las de ZP las que se disfrazaban de góticas. Pero no se preocupe por el lapsus porque se le entiende todo. Yo, por lo menos, estoy muy de acuerdo con su tesis de hoy.

  3. Al fin alguien que lo die y razona: Obama ha sido una ilusión relativa, ha comenzado su ocaso. Nuestro gozo en un poco.

  4. Obama ha despilfarrado una inmenso capital político. Por las casi insuperables dificultades, es cierto, pero también por su falta de coraje y de determinación, en especial en el impresentable asunto de Guantánamo. Sin

  5. que ello suponga no valorar el peso de la reacción «republicana», posiblemente más fuerte que nunca desde el macartismo. Es una pena porque ilusiones colectivas semejantes no se producen si no es cada muchos años. En USA no había un Kennedy desde Kennedy, quiero decir…

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