A comienzos de los felices 60, y en un libro conjunto, dos jóvenes cerebros de la sociologia politica americana, Henry Kissinger y Arthur Schlesinger Jr., acompañaron al maestro Aron en un curioso experimento teórico sobre el concepto de “leadership”. ¿En qué consistía el “liderato”, cómo se comportaba ese concepto en el siempre complejo contexto de una democracia moderna? Escribían todos, por supuesto, a la sombra de la soberbia generación dirgente surgida tras la Guerra Mundial (los Adenauer, De Gaulle, De Gasperi, etc.), condicionados, como es lógico, por aquella sugestiva experiencia, y llegaron a plantearse si ese hecho, la función del líder, pudiera tal vez surgir de un inconsciente colectivo como un fruto autónomo, como un fenómeno sociopolítico autónomo, dotado de vida propia, a cuyos desarrollo, evolución y eventual crisis habría que buscarle sus claves ocultas.

He releído ahora esa obra, acaso alertado por el espectáculo ciertamente mediocre de las dirigencias actuales, tan por debajo de las ya viejas figuras que los precedieron como lo están sus respectivas sociedades y, en especial, frente al desafío intelectual que supone la comprensión de este liderazgo en boga que rompe con la tradición de las democracias representativas al depositar los electores su confianza en las personas y no en los partidos. Un liderato sin partidos soportan, entre otros, tanto la Francia de Macron como los Ayuntamientos de Londres, Madrid o Barcelona, no cabe duda de que como consecuencia de la dilución de las ideologías, identificadas toscamente con la realidad de los partidos. ¿El debatido “ocaso de las ideologías” de Daniel Bell o Fernández de la Mora… sólo que con medio siglo de retraso? Pues no diría yo que no, a poco que se detenga uno a considerar la vaguedad ideológica de esos personajes que hoy logran y ejercen un caudillismo velado por la pátina liberal.

Poco sabemos, en efecto, sobre la ideología de las alcaldesa Carmena o Colau, como poco conocemos en concreto de la de Macron –¡todo un Primer Ministro francés!–, envueltos como van todos ellos en la barahúnda de un radicalismo populista y, en todo caso, a consecuencia de su expresa renuncia a militar en un partido. ¡Pero si los propios partidos se disfrazan en la jerga acogiéndose a términos tan vagos e inquietantes como “mareas”, o a matices tan equívocos como “independientes”! Es posible que tras este movimiento sombreado de asambleario lo que se oculte no sea más que el fracaso práctico de la Utopía –así, con mayúscula– y la volatilización del ideal “representativo” favorecida por el mal ejemplo de los actores de nuestra vida pública, tras esta lamentable época en que lo público ha girado en torno al espectáculo de las corrupciones cuando no de las más impresentables estrategias de poder. Cuando la Izquierda se desliza a ojos vista hacia terrenos tradicionalmente ocupados por su rival, y la Derecha coquetea de modo irresponsable con el galimatías social-demócrata, no puede extrañar que un elector desconcertado se aferre al clavo ardiente de un liderato sin partido. Y ni que decir tiene en una coyuntura socioeconómica crítica como la que justamente ahora cumple diez años. La inmediatez, la espontaneidad: he ahí el mensaje redentor que se entrevé “a la sombra de las mayorías silenciosas” de las que habló Baudrillard antes de que dejaran de serlo. Es posible que estemos viviendo sin percatarnos el ocaso de una partitocracia que ha hecho lo posible y lo imposible por precipitar su propia ruina.

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