No cabe duda de que, tras la batalla, Andalucía ofrece un nuevo paisaje. Poca gente hubiera contemplado no hace más que unas semanas un cambio tan radical como el que se ha producido y menos aún habría sospechado que un fracaso electoral podría implicar el fin de un “régimen”, la imagen de cuya plana mayor, por si algo faltaba, cumple estos días un año retratada en el banquillo de los acusados. La política, con minúscula o no, tiene estas cosas y no se desprende jamás de ese factor proteico que, ciertamente, la convierte en una de las actividades humanas más imprevisibles.

Ya pueden darle las vueltas que quieran, pero el mandato claro de las urnas no ha sido otro que el del cambio, el giro radical de un modo político agotado por su propio éxito que ha desperdiciado en Andalucía la ocasión más interesante de la modernidad: cuarenta años abiertos a un plan de vertebración regional que nunca existió. Quizá nunca esta tierra desperdició una coyuntura tan prometedora en el torbellino político de una hegemonía ensimismada y atenta en exclusiva a sus intereses de partido expresados en la obsesión por blindar una colosal estructura clientelista. Todo eso puede cambiar ahora o, al menos, eso es lo que han propuesto los electores.

¿Con el apoyo de la “extrema derecha” que encarnaría Vox? Ése es el clavo ardiente argumental al que se aferra un “régimen” implosionado y repite el oportunismo en alza de ese pretendido “centro” que es Ciudadanos. Pero ¿es justo ese dictado para una fuerza emergente que no es otra cosa que el eco directo de la bronca nacional? ¿Es un extremista el juez Serrano, lo son los cuatrocientos mil andaluces que han visto en la nueva opción electoral el remedio frente a tanta debilidad y a tanta desvergüenza? A Vox no procede tratar de acorralarlo, sino propiciar que –alcanzada su presencia pública— corrija sus arranques viscerales y desmonte de una vez por todas el mito de su euroescepticismo, la baladronada del “muro” antiinmigración y los no poco explicables despropósitos verbales contra ciertos excesos feministas. ¿Por qué iba a resultar procedente anatematizar sin ser siquiera oídos a estos “indignados” mientras se pacta con la ralea de ETA o se acepta a ciegas la propuesta antisistema de una ultraizquierda autoproclamada leninista, que hoy señorea la política nacional como socio imprescindible en el Gobierno?
Ese camino al cambio no será transitable sin la abolición de los mitos urgentes sobre los rivales que los perdedores han puesto irresponsablemente en danza. Y si resulta no serlo se habrá defraudado de nuevo a la opinión pública y, más en concreto, al mandato popular. Nada resulta más urgente hoy que el imprescindible rescate de la confianza ciudadana en el Poder, un rescate que tendría que ser la tarea de una política nueva para merecer la cual todos, y no un solo partido, habrán de articular una razón también nueva.

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