A mi nieto le ha preguntado su profe de qué prefería que lo disfrazase para una fiesta escolar y, para pasmo de todos, mi nieto le ha contestado que elegía el disfraz del “espectacular Spider Man”, un personaje al que, no tan paradójicamente quizá, resulta que él no conocía más que por vagas referencias de algún coleguilla. Lo mismo viví con algún  sobrino hace años cuando se obsesionó por la “Masa Verde”, es decir por el “increíble Hulk”, también antes de conocer a fondo a ese personaje por entonces omnipresente en la publicidad. Me ha intrigado esa elección a ciegas, o casi a ciegas, hasta el extremo de buscar ayuda en expertos del ramo, tarea para la que me ayudado decisivamente la bibliografía proporcionada por Paula Pinto Gómes, y en la que figuran psicólogas clínicas como Geneviève Djénati, la psiquiatra Stéphane Clerget, el sociólogo Michael Fize o la filósofa Isabelle Smadja, coincidentes todos ellos, grosso modo, en la idea de que así como en la primera edad, en el debut de la conciencia, para la admiración basta la imagen y la apariencia llamativa del héroe que le ayuda a sublimar su deseo de crecer hasta alcanzar el ilusorio poderío de la edad adulta que representan a sus ojos sus propios padres; en etapas posteriores, es decir, en la adolescencia, la fijación elige modelos psicológicos más complejos en los que se funden inextricablemente, como en un balanceo constante, lo real y lo maravilloso. Se pasaría de Hulk, Batman y Spider Man  a mundos como el de Harry Potter tal como en mi generación transitábamos desde el universo maniqueo de “El guerrero del antifaz” o “Roberto Alcázar” a la inquietante realidad, entre cotidiana y extraordinaria, de personajes como Tintín. Es el hallazgo de que la linde entre el Bien y el Mal no está tan clara –la superación del maniqueísmo—lo que permite ese paso en la maduración psíquica en la que el ideal contempla ya al héroe como animado por un espíritu dialéctico, tal vez identificable con la visión de uno mismo y, en esa medida, puente hacia la propia hazaña de la libertad, como diría Benedetto Croce. Los héroes que pueblan esos sueños resultan ser medios o palancas del propio crecimiento.

 

Unas rayas de color en los mofletes, una capa improvisada, un casco de pacotilla: el hombre necesita poco para descubrir su élan de superación, su irresistible vocación de héroe. Es la vida la que luego pondrá las cosas en su sitio, reduciendo la ingenua perspectiva, tantas veces, a la espesa mediocridad que nos constituye, y negando la hazaña soñada para sustituirla por esa imprescindible murga que llamamos realidad. Los niños son adorables. Somos los adultos resabiados quienes despojamos de ilusión a la aventura de la vida.

4 Comentarios

  1. Pero vuelve hoy el maniqueismo falaz desde todas las pantallas, esas mismas que no existían en nuestra infancia. Se inculca como hábil arma que induce a no pensar.

    Ya sea en el cine, con menos peso cada vez, en la televisión, que también ha sufrido merma de influencia, o en los videojuegos, ese mundo que a muchos nos resulta desconocido, se tiende a una nítida y sin matices diferenciación simplona y fácil de los buenos y los malos.

    Ya digo que se trata de que los nuevos adolescentes -que rebasan fácilemente la cuarentena- sigan viviendo en un mundo absurdamente binario, sin matices. No pensar, el ideal de quienes manejan los hilos de la farsa.

  2. ¡Ah, abuelo feliz, y cómo sae le nota el contento! Es bueno el papel del abuelo que no sólo se mantiene cerca del nieto sino que es capaz de agenciarse una bibliografía con tal de entender a su nietecillo. Para el resto del tema, me ha parecido un omentrario brillante y curioso sobre la psicología infantil y la pulla a la pulsión heroica de los hombres en general.

  3. No sólo los niños tienen héroes y aspiran a emularlos. Los adultos los superamos en eso, seamos conscientes o no. Incluso aquellos de nosotros que protestamos contra ellos…

  4. Me temo que, hoy día, lo más parecido a un disfraz de supermán es un BMW. Lástima que, como decía don Quijote, el andar con caballos a unos hace caballeros y a otros caballerizos.

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