No parece verosímil esperar una reacción familiar que libre a la santa infancia de la excesiva exposición a la TV. Las estadísticas son aterradoras porque hablan de medias de cinco horas y hasta mayores calculadas para los niños menores de cinco años, a los que la revolución del doble trabajo familiar y la inevitable ausencia de la madre no encuentra otro remedio que abandonar a su suerte ante la imagen devoradora. Miren a un niño en esas edades y comprobarán que mientras permanece atento a sus programas –bueno o malos, instructivos o directamente abominables—sus actitudes son las del infante abducido, ajeno por completo a la realidad, sordo en la práctica incluso ante la interpelación vehemente, víctima en definitiva de lo que Edgar Morin llamó hace muchos años la subyugante “introyección” del espectador. ¿Riesgos? De los ‘Archives of Pediatrics and Adolescent Medicine’ recojo para ustedes las conclusiones de un estudio  en el que se establece, por ejemplo, que el niño que antes de los cinco años consume tele en exceso, disminuye significativamente su rendimiento escolar, lo mismo en lo que se refiere a la capacidad de atención, que en el progreso en matemáticas o en su relación abierta y no conflictiva con los demás. Por cada hora de atención a la pantalla, calculan los autores que el niño despilfarra un 9 por ciento de su actividad física, al tiempo que, al aumentar otros factores de riesgo, lo normal es que incremente su masa corporal en un 5 por ciento sobre la media estimada como óptima. Y no es cierto tampoco que esas desdichas acaben cuando la víctima pasa de los críticos cinco años, sino todo lo contrario, pues los resultados negativos se mantienen. La recomendación facultativa de reducir a menos de dos horas la exposición del niño a la tele es ignorada por la inmensa mayoría de los países desarrollados. Estamos propiciando una marca blanca de autismo cuyas consecuencias sólo conoceremos cuando ya sea tarde.

 

No es discutible que el problema tiene difícil solución, pero tampoco que la sociedad, en el ámbito familiar, no ha sido capaz de dar una respuesta adecuada a la transformación de su estructura productiva. Pero observen ustedes a ese niño absorto ante su mundo virtual, comprueben su desconexión práctica del entorno y se verán obligados a concluir que urge dar con un remedio adecuado si no queremos exponer las nuevas generaciones a riesgos insospechados. La mirada de la serpiente acechando en el electrodoméstico. Nunca sabremos hasta qué punto la sustitución drástica de la realidad por la fantasía en la mente de esas maleables cobayas las inutilizará en un futuro para la vida real.

9 Comentarios

  1. Ha retratado la escena, o al menos esa exs mi expiencia con los niños de mi familia. Acierta también al indicar la causa: “la revolución del doble trabajo familiar” a la que, d emomento al menos, sólo hemos sabido ponerle parches como guarderías y cosas por el estilo. Una generación imprevisible se avecina, auqnue jagm no ha hablado del peligro intrínseco de los programas de televisión.

  2. Problema sin solución el que usted nos propone. ¿Que puede hacer la madre si carece de tiempo para dedicarlo a la educación y control del niño? La tele hace de madre, de padre, de fabulador, de educador, de formador del lenguaje. Soy lingüista y siempre he visto en la TV un gran instrumento formador pero, como ocurre con muchos instrumentos útiles y benéficos, también sumamente peligroso. Lo del niño “abducido” me parece exacto. Lo sé por experiencia, pues yo fui una de esas madres sin otro remedio que abandonar el niño a la tele.

  3. Es un fenómeno preocupante, realmente, y creo, como dice Madre, que lo penoso es que no sepamos aprovechar sus ventajas rechazando sus inconvenientes. Esos niños no saldrán ilesos de la sustitución de los padres por la TV. Lo que no podemos saber todavía es el alcance de esos efectos.

  4. ¿Cómo no estar de acuerdo con esta denuncia del abuso de la televisión que se permite hacer a los niños cuando habría que tomar medidas contra el de los propions adultos? La TV no acaba de ser utilizada por la sociedad como el inmenso instrumento de formación y cultura que puede ser, sino todo lo contrario: se la utiliza para deformar y gregarizar a las masas, comenzando por los niños. No obstante, hay que ocntar con que esa misma tele contribuye muy positivamente al desarrollo del lenguaje y de la imganinación infantil, por lo que únicamente se reivindica en la columna, a mi entender, el abuso.

  5. Creo que todos sabemos las consecuencias del abuso de la tele en estas nuevas generaciones. La primera es la incapacidad a poder concentrarse largo tiempo: son los niños zaping, que pasan de un tema a otro sin profundizar nada. Lo segundo es que mata la curiosidad pues el exceso de información mata las ganas de descubrir y de saber. De ambas cosas se deduce que no saben lo que es el esfuerzo, ni el método para progresar y abarcar un programa amplio.Todo esto es intelectual, pero hay más grave y creo que son los problemas afectivos, la incapacidad para comunicar y para aceptar al otro. Serán millones de individuos tirando cada cual a lo suyo, aislados cada uno en su mundo virtual.
    Besos a todos.

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