Voy a Málaga en busca del viejo maestro, Manuel Alcántara, 91 años (¡“y 9 meses!”, puntualiza él) para hablar, sobre todo, del tiempo pasado, sostenidos por la energía sagrada del “dry Martini” que el sorbe lenta y cuidadosamente mientras evocamos recuerdos. ¡Son tantos los que se fueron ya! Apenas mencionamos el presente, de cuyo vértigo nos defendemos con la memoria transida de nostalgia. ¿Sabes, Manolo, que trasantier unos chinos que se hacen llamar “Alibabá” han logrado vender desde su mostrador electrónico y en una sola jornada –el “día del Soltero”– ¡más de 30.000 millones de dólares!? Manolo trasiega con cuidado su modesta sopa de ajos deteniéndose cada poco para honrar el cóctel a pequeños sorbos, y no parece aceptar mi información más que a título de inventario. ¡30.000 millones en un día, cualquier cosa…!
Lúcido como un profeta que mirara atrás, me paga evocando recuerdos entrañables: ¿Tú llegaste a ver a Ava Gardner en aquellos noches de farra madrileñas? Oye, ¿y qué fue de Juanjo Cuadros, porque los demás murieron, ¿no?, ¡el pobre Eladio, nuestro Félix Grande!, ¿no crees tu que los de entonces éramos más cabales? Le digo que lo que éramos era más jóvenes, y volvemos al vértigo del tiempo, a esta inasequible velocidad de crucero que ha pillado el planeta de las sondas al espacio, del diálogo global, del milagro quirúrgico, de los soponcios bolsísticos, del progreso amoroso y de la infamia universal…
“Me alegra que pienses que hay que resistir hasta el final”, me dice, y creo ver vidriarse levemente su mirada por la que se deslizan las sombras familiares, su hija, sus nietos, su bisnieto, toda una entrañable ralea que me sobrecoge comprobar que converge en este Manolo achicado por los años pero intacto y vivo como siempre. ¡30.000 millones en un día!. Casi no me atrevo a sugerirle otras sociologías, la convicción de que el momento –nuestro momento— nos sobrepasa, de que, sin percatarnos siquiera, el mundo está cambiando a nuestro alrededor, sigilosamente, derivando como los astros entre las nebulosas y los vórtices de nuestra debilidad. “¿Tú llegaste a ver a ver a Hemingway, te acuerdas de Blas,? ¿Y de Pepe Hierro?” De todo me acuerdo, nos acordamos, y esa memoria nos sostiene en vilo sobre el miedo y la alegría de vivir. “He trabajado toda mi vida para pagarme mi pan y mi ginebra”, bromea como siempre. Le digo que lo sé bien, quebrada ya la voz en el abrazo. Todavía se vuelve y me pide que vuelva pronto. “Es que he cumplido ya los 91” “¡Y nueve meses más!”, bromeo. Pero ahora a quien se le ha vidriado la mirada es a mí.

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