Tuve y tengo aprecio por el alcalde de Puerto Real, hombre con tanta retranca y correa que no se sulfura ni siquiera cuando le digo eso de que parece el hermano guapo del Fary. Tiene su mérito regir un pueblo tanto tiempo contra corriente y más todavía reconquistar la alcaldía perdida, como él hizo. Pero ni si natural talento, ni su legítimo radicalismo ni su audacia proverbial justifican los míseros insultos que ha dedicado al jefe del Estado y a sus padres. El fiscal lleva razón al ver en esas injurias un desacato intolerable, las diga quien las diga, y en proponer una sanción adecuada que, por tratarse de todo un representante de un pueblo precisamente, debe ser ejemplar. No hay derecho a descalificar a nadie como lo ha hecho Barroso con el Jefe del Estado. Se puede ser alcalde monterilla pero, claro está, ateniéndose a las consecuencias que, insisto, me parece que deben ser enérgicas.

1 Comentario

  1. Así habló Hesíodo de Ascra, a finales del siglo VIII a.C.:

    “Ahora contaré una fábula a los reyes, aunque sean sabios.
    Así habló un halcón a un ruiseñor de variopinto cuello mientras le llevaba muy alto, entre las nubes, atrapado con sus garras. Éste gemía lastimosamente, ensartado entre las corvas uñas y aquél en tono de superioridad le dirigió estas palabras.
    «¡lnfeliz! ¿Por qué chillas? Ahora te tiene en su poder uno mucho más poderoso. Irás a donde yo te lleve por muy cantor que seas y me servirás de comida si quiero o te dejaré libre. ¡Loco es el que quiere ponerse a la altura de los más fuertes! Se ve privado de la victoria y además de sufrir vejaciones, es maltratado.»
    Así dijo el halcón de rápido vuelo, ave de amplias alas.”

    (Trabajos y días, vv. 202-212)

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