Una campaña televisiva está poniendo de moda –es un decir—a un mínimo lugar turolense, Miravete de la Sierra, cuyos doce habitantes se han propuesto recaudar fondos para reconstruir su arruinada iglesia ofreciendo su recoleto paisaje a los caprichos del turismo como si se tratara de un tesoro inaudito. No vende Miravete atracciones sino, precisamente, la falta absoluta de ellas, siempre desde la idea de que esa suerte de vacío vital que es la soledad puede constituir en sí misma un poderoso atractivo, acaso un antídoto contra el estrés urbanita, quién sabe si el secreto anacoreta de la felicidad en un caserío desierto cuya hora punta no es otra que aquella en la que los vecinos acuden a comprar el pan. “Aquí no pasa nunca nada –viene a decir su portavoz–, no pasa ni el tiempo aunque adelantemos la hora”, es decir, la contraoferta turística ideada por quienes, desde su asumida soledad, han creído ver en el diario agitado de estos tiempos un mal insufrible que se puede remediar renunciando, como quien dice, al mundo y sus laberintos. ‘Menosprecio de Corte y alabanza de aldea’, pues, nuevamente el ideal sempiterno de la “escondida senda” calderoniana, el regusto quijotesco por las soledades que llega rebotando hasta Juan Ramón o Cernuda desde los orígenes de la imaginación literaria. En pleno tumulto de la Revolución Francesa decía Chamfort que el hombre es más dichoso en la soledad que en el mundo, no sé si consciente o no de que pisaba el mismo camino que otros había recorrido antes que él desde que el mundo es mundo. El ocio absoluto, como un nirvana eventual, pretende convertirse en atracción turística lo que, en cualquier caso, no deja de suponer una elocuente lección sobre las tensiones que vivimos. En Miravete simplemente se está, la aventura ofrecida es la existencia misma, aislada, despaciosa, íntima, del hombre saturado de acción, el recreo para la conciencia abrumada. Puede que acaben teniendo cola.

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Lo que yo no sabía es que la despoblación rural llevaba la velocidad que lleva en España, que el INI tiene localizados casi tres mil pueblos deshabitados, que tantos lugares estuvieran siendo abandonados definitivamente a causa de la constante sangría hacia las grandes ciudades. Sólo en un quinquenio, entre 1996 y 2001, en Andalucía se han despoblado treinta y cinco de ellos, pero son Galicia y Asturias las regiones se llevan la parte del león –casi la mitad del total– y Madrid la provincia o autonomía con mayor número de pueblos abandonados. La antigua queja arbitrista por la despoblación del país vendría hoy al pelo, bien cierto que por motivos y circunstancias diferentes, y de hecho hay alguna preocupación administrativa por este fenómeno que ha llevado, incluso, a la UE al concepto de que la agricultura del futuro tiene entre sus objetivos el de conservar el paisaje. Lo de Miravete, en todo caso, es más sencillo y más metafísico, más moral, si me apuran, porque no consiste en otra cosa que en el redescubrimiento de las paces aldeanas, del ideal lugareño, opuesto a la noción urbana de la vida, amasado más con la harina en flor del viejo cinismo que con la fermentada materia del activismo ilustrado o del frenesí postmoderno. Nada que hacer, “dolce far niente”, aspirar lentamente el paso del tiempo –los ojos entrecerrados, la mente al ralentí– como alternativa al ideal capitalino de la diversión que estraga el cuerpo y desordena el ánima. Se me ha venido a la cabeza un amargo aforismo de Cioran que dice que nadie puede cuidar su soledad si no sabe hacerse odioso, pero quizá el filósofo se refería a otras soledades y no a esta simple paz intacta en medio del estruendo. No tengo idea de por dónde le saldrá el negocio a esos ‘doce de la fama’ pero no hay quien me quite de la cabeza que su ocurrencia apunta muy hondo en nuestra disforia colectiva.

5 Comentarios

  1. Me encantan estas reflexiones suyas, maestro, me llegan hondo, me permiten respirar a fondo y salir de los temas trillados acostumbrados. Miravete de la Sierra! Parece inventado, un hallazgo genial de algún novelista inspirado. Me encantaría pasar una semanita en Miravete de la Sierra. Seguro que hay montones de cosas que hacer: paseos suntuosos, alguna fuente cristalina que sigue surrurando y a la cual acercarse y cerca de la cual charlar y ver el espectáculo del can sediento y del pájaro cantarín,alguna vieja curiosa y hablarina, alguna higuera olorosa en donde ir a recojer fruta, y muchas más cosas que puedo imaginar y que me callo para no amargarnos demasiado la vida de envidia pura.
    Dichosos los MIraveteros, pués ellos sí que parece que saben lo que tienen!
    Besos a todos.

  2. Sabias y gratificantes palabras Dª Marta, sólo han pasado unos días desde que acabaron las vacaciones y ya estoy añorando mis eternos desayunos en los que no faltaba el pan de pueblo recién hecho, el queso de cabra y los frutos de una centenaria higuera a cuya generosa sombra el tiempo no corría, descansaba.
    Sin embargo no creo que todos los que dicen envidiar ese estilo de vida rural sean conscientes de lo sacrificada y dura que puede ser. Una cosa es la tranquilidad y la soledad buscada, sanadora, y otra la soledad impuesta que puede llegar a resultar inmisericorde.
    Para sentir un “he llegado, estoy en casa” no hace falta viajar compulsivamente a lo más recóndito del planeta, ni irse a vivir a dónde Cristo dio el último suspiro, a no ser que se haga con eso, con un sentido que sí parece que hemos perdido, como recuerda el Anfi.
    (Estoy de acuerdo con Dª Marta., normalmente está Vd. que se sale pero en estas reflexiones se me pone hasta glorioso).
    Idem, para todos.

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