Mi amigo elogia el silencio, su profunda índole humana, su efecto sanador, y no me extraña. Hay en España hoy más teléfonos móviles que habitantes y hasta se ha hecho preciso para algunos munícipes inventar un semáforo de suelo para que el peatón abismado en su palique telefónico no perezca atropellado en el paso de cebra. ¿Imaginan hoy una perspectiva callejera libre de zombis teleparlantes? En Europa y en España ha resultado necesario introducir en la normativa leyes contra el ruido, ese subproducto fatal de la postmodernidad que arruina progresivamente la convivencia ciudadana al tiempo que entre la muchedumbre ruidosa prospera lo que se ha llamado alguna vez la fascinación del silencio. Pero el silencio fue siempre un lujo selectivo. Nunca tuvo un santo tanta razón como aquel que dijo: “El ruido es malo, el bien no hace ruido”.

Parece que en las sociedades occidentales va creciendo ese anhelo de tregua auditiva y, frente a ella, la esperanza de que el exceso de ruido no reproduzca los excesos del silencio, que también los hubo. ¿No cabrá un término medio entre el estruendo y el sosiego, entre la demasía neopagana y el fundamentalismo eremítico? Resulta difícil responder a esa pregunta en un contexto post-industrial en el que la palabra, “mediatizada” por tanto reproductor tecnológico (los “media”, la telefonía universal, las “redes sociales”)  ha logrado, de hecho, un nuevo status antropológico en unas sociedades más comunicativas que solidarias, en las que la orgía oral contribuye más a una contigüidad irrelevante que a fortalecer una auténtica adhesión: a la experiencia de la corrala, pero no al calor comunitario.

Entre nosotros, el silencio comporta una cierta sugestión oriental –la que va desde los padres del páramo hasta la impasibilidad zen— por olvido de nuestra propia y formidable tradición monacal que va desde Benito de Nursia a Bernardo de Claraval o a Jacobo de la Vorágine. A lo que hay que añadir que el silencio puede funcionar tanto como un instrumento de resistencia que como un recurso del poder: basta con recordar la experiencia de la censura. Y no podemos descartar que eso que cierta grandilocuencia suele llamar “el Sistema” ande instrumentalizando el ruido para enajenar la conciencia pública. De hecho, en una sociedad que habla sin reposo, el mono locuaz ha sustituido ya la comunicación propiamente dicha (la conversación) por el simple ruido. Kafka sabía lo decía cuando predicaba la “catarsis del silencio”. Muchos de nosotros vamos comprendiéndolo cada día más.

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