En los años 60 corría la especie de que los grandes del cine sueco, entonces en boga, Ingmar Berman o Max von Sidow por ejemplo, habrían elegido el exilio forzados por la presión fiscal de un sistema de bienestar que cargaba a los más ricos con impuestos devastadores. Luego el modelo sueco se ha venido no poco abajo respecto de lo que era y, no me hagan mucho caso, pero tengo entendido que el cambio ha consistido en sacrificar el ideal totalizante del Estado del Bienestar a cambio de bajar discretamente las cargas fiscales, una pura operación aritmética que ha dado mucho que hablar y seguirá dando en Suecia y en todas partes. En la España que acabamos de dejar atrás se planteó el absurdo debate de si subir los impuestos era cosa propia de la Izquierda o más bien lo era de la derecha, hasta que Rubalcaba partió de un mandoble dialéctico el nudo gordiano a base de introducir en la porfía un matiz tan irrebatible como eventualmente demagógico, a saber, el de su propuesta de zurrar a fondo, no a los ricos en general, sino  a los “más ricos”, expresión que es, a mi juicio, la peor manera de eludir la razonable teoría del impuesto progresivo. Y ahora en Francia, el candidato del PSI, François Hollande, acaba de anunciar nada menos que un impuesto del ¡75 por ciento”¡ contra esos potentados que de sobra sabe él que no van a estar sentados esperando junta al arca a que venga el alcabalero y los descalabre, en lugar de echárselo a cuestas y escapar hacia el “paraíso” como alma que huye del diablo. La ministra Salgado, mucho más cauta, ya había explicado a los españoles que esos “más ricos” son intocables en la práctica porque cualquier medida que contra sus intereses se tome provocaría fatalmente la huida de capitales. Por su parte, Sarko, le ha devuelto a Hollande  la puya afilada por las dos puntas: “Hollande quiere menos ricos; yo, en cambio, quiero menos pobres”. No está mal, para contestada a bote pronto, y a pesar de que los sondeos no le sonríen.

Lo tremendo de esta crisis –“no sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa” (Ortega)—consiste en que está dejando en evidencia las fallas del neocapitalismo sin dejar espacio para una socialdemocracia que, como bien sabemos, acaba siempre en la quiebra supina que es la demagogia. El modelo sueco era un espejismo que espantaba el dinero y, de paso, el talento, como el jaleado cooperativismo yugoeslavo acabó gestionando la pobreza y el sovietismo implosionando de improviso. “Sapiens demens”, como dice en su flamante libro Edgar Morin, no es más que un sabio delirante que nunca supo organizar la tribu de acuerdo con una recta razón.

3 Comentarios

  1. Estas teorías sobre el carácter ideológico de los impuestos es una farsa. Todos tienen a subirlos cuando lo precisan, y eso de que la derecha se direrencia de la izquierda en este punto es algo cada momento que pasa más absurdo.

  2. ¿Por qué un porcentaje fijo no ha de ser válido para todos los tramos? ¿No sería deseable publicar lo que cada contribuyente aporta y lo que recibe? ¿Por qué las etiquetas de “solidario/insolidario” y de “clase social desfavorecida” se aplican en muchos casos de manera contraria a lo que la evidencia muestra? En fin, que cada día entiendo menos eso de la “progresividad” de los impuestos. Del populismo del 75 por ciento, ya ni les cuento.

    Saludos

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