En un pueblito colombiano llamado Pereira, considerado como tal vez el más belicoso de su inquieta región, la proliferación de bandas pandilleras ha llevado a las mujeres, a propuesta del propio Ayuntamiento, a declarar lo que ellas llaman una “huelga de piernas cruzadas”, es decir, a conminar a sus maridos a abandonar la violencia presionándolos con la negativa a cumplir eso que nuestro derecho canónico llama o llamaba el “débito conyugal”. O sea Lisístrata. Cada dos por tres la vida se encarga de recordarnos que los mitos no son invenciones bizarras de los hombres sino cristalizaciones, en buena medida subconscientes, de modelos de conducta que la experiencia comprueba que se mantienen y repiten a través de los tiempos, es decir, que constituyen auténticos invariantes de la conciencia de la especie seguramente grabados en lo más recóndito del laberinto cerebral. La mujer que mata a su hijo despechada por el amante, el padre que arremete contra el suyo celoso de su propia mujer, la hija que venga al padre de la ofensa materna y demás argumentos que han llegado hasta nosotros como cantos rodados en el río de la vida, no son temas inventados ni invenciones gratuitas sino fórmulas acrisoladas en la experiencia al cabo de los siglos. Este mismo asunto que sublima el poder de las mujeres localizándolo en el sexo es tema viejo y reviejo que va y viene por nuestra literatura como viene y va por nuestra experiencia cotidiana, como si la guerra entre Atenas y Esparta no acabara nunca por debajo de estas otras guerras actuales que se encargan de sangrarnos a lo vivo. Ya ven qué evidencia: Aristófanes en Pereira, el clásico hilarante del gran siglo griego reinventado espontáneamente por un concejalito de pueblo y servido por una compañía espontánea de hembras figurantes que seguramente no se han parado a leer entre líneas la profunda ironía del maestro de la comedia. El mito vive y muda de piel a través de los tiempos enhebrando la inconsciencia humana en imágenes asequibles a todos. Hay antropólogos que dicen haber topado con Lisístrata en latitudes remotas y ajenas, pero a mí me parece que esta reposición de la comedia en una zona sentimentalmente tan cercana a nosotros constituye una noticia si cabe mayor que aquel hallazgo.

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Pero no perdamos de vista el gran equívoco, la fragilidad íntima del argumento, la secreta falacia que el mito oculta celosamente entre sus entretelas literarias con la complicidad de nuestro propio deseo. ¿O es que vamos a creer que las mujeres de Pereira, como las atenienses que con Lisístrata se apoderaran de la Acrópolis, tienen alguna posibilidad real de éxito fuera de la propia sugestión mítica? ¿Van los hoplitas o los pandilleros a respetar un plante de esas características que, por cierto, el cachondo de Aristófanes no ocultó que no tenía peor enemigo –lean o relean la obra y luego hablamos– que las debilidades del “eterno femenino”? Sería realmente maravilloso que una huelga camera lograra pacificar un pueblo en el que se registran bastante más de un homicidio al día, el 90 por ciento de ellos por arma de fuego, y un milagro que la abstinencia impuesta lograra que esa tropa maleva se volviera pacífica y entregara las armas. Mas para eso están los mitos, para proponer “desiderata”, para tentar la imaginación, cuando no para conferir sentido a acciones tan terribles o dudosas como el parricidio celoso o el engaño seductor. Lo de la quijada de Caín no es una imagen fingida en un espejo sino una realidad tomada de la vida. Lo del cisne de Leda o la lluvia de oro de Dánae, guiones realísimos que encajarían a la medida en ese culebrón que viene a ser la vida. Ya veremos si las mujeres colombianas resisten o si los pandilleros acaban violando su huelga como si fueran romanos entre sabinas. La vida cambia continuamente para permanecer idéntica en esencia entre Atenas y Pereira.

3 Comentarios

  1. (Acto ÚNICO. Escena: espacio luminoso, que puede corresponderse a una escueta sala de reuniones, bien de un hotel sin pretensiones, bien al reservado de un mesocrático club. La iluminación es neutra, aunque una lámpara con pantalla de pergamino natural aporta un punto de calidez. A la izquierda, forillo donde cuelgan numerosos retratos de gente cuyo pensamiento ha contribuido a lo que hoy conocemos como civilización: Platón, Jesucristo, Horacio, Séneca, Maimónides, Agustín de Hipona, Descartes, Leonardo, Quevedo, Shakespeare, Martin Lutero, Leibniz, Bach, Voltaire, Mozart, Engels, Chopin, Unamuno, Sartre… Al foro, puerta de entrada abierta, sobre la que en un cartel puede leerse con claridad “Permitido el paso”. Un conjunto de asientos varios, sillas, butacas, sillones fraileros, esparcidos sin orden pero con concierto, dan el aspecto de tratarse de un sitio donde se habla, se discute, se dialoga, se asiste, se asiente, se disiente, se entra o se sale con libertad.

    Es tarde de sábado. Hay un extraño vacío en la sala. Por el foro se oye ruido de pasos que se van haciendo más lentos, según se acercan. Asoma cuidadosamente Epi. Es una mujer entrada en años, vestida informalmente, el pelo poco cuidado, sin maquillaje. Bajo el brazo, cuidadosamente plegado lleva un periódico con el retrato de una mujer que murió ayer mismo. Es de la autora de “La rabia y el orgullo”. Mira a uno y otro lado como con cierta prevención. Luego se acerca despacio al centro de la escena, consulta su reloj como por hacer algo y por fin se dirige al público, preguntando:

    EPI: ¿Hay moros en la costa?.

    Baja el telón

  2. Primero
    ¡Qué articulo más bonito, con qué gracia habla de cosas graves y eternas, qué aleccionador! Muchísimas gracias, don Jose Antonio. Es un verdadero placer leerle.

    Segundo
    Doña Epi, comentario realmente apabullante: misterioso y a la vez muy preciso, algo surrealista, de antología. Me parece magnífico, así, tal cual, porque no lo cojo todo: supongo que ha muerto Oriana Fallaci? POr otra parte, lo que dice esta señora es excesivo: comparar a un Blair con Ricardo Corazón de León y a Chirac con una anguila es demasiado.Esta señora afirma siempre con la misma rabia cosas contradictorias.

  3. Día de asueto bloguero. ¡Curiosa vida la del blog! Un art. semejante merecía una atención como l aque le ha prestado doña Marta.
    En cuanto a doña Epi, qué quiere, buena amiga, tampoco hay que exagerar. Hace dos días escuhé al jefe en la radio ponerle a doña Falacci los puntos spbre las íes. sus dos etapas, su “conversión” final, su racismo y xenofobia evidente. No hay que sucumbir a los mitos y doña Oriana de mito fue toda la vida. Sinceramente, creo que su última etapa respondía más al miedo de Occidente (justificado o no, es otro tema) que a una actitud constructiva y justa ante la gran migración.

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