En una decisión crucial y acertadísima, el presidente Obama ha decidido prescindir del mito del miedo puesto en circulación por Bush. Quiere que cese el apaleamiento del fantasma para que los esfuerzos puedan concentrarse donde deben, es decir, pretende ponerle cara, nombre y, si fuera posible, domicilio a ese ectoplasma islamista al que, quizá por su propia naturaleza, no haya habido hasta la fecha manera de echarle el guante. El miedo ha sido siempre un grave instrumento de control social, vale decir de dominación, en manos del Poder, especialmente cuando éste se ha sentido inseguro. Su rastro está en toda la Historia del mundo: los chinos construyeron una muralla singular hartos de temer mano sobre mano a los mongoles; los europeos pasaron siglos temiendo al peligro turco que, como en todo cuento del lobo, acabó llegando; los amerindios temblaban con el anuncio mitológico de la raza rubia y fornida que vendría de Oriente y los europeos reescribieron mil veces el mito del “peligro amarillo” que, ya ven, no resultó tanto una amenaza bélica como un turbión financiero. Y el cine remató el tema desde Fu-Manchú al Dr. No pasando por Fantomas durante una Guerra Fría en la que todo ingrediente pavoroso encajaba en el gran gazpacho del que vivía el Sistema. Obama debe de saberlo y de haber comprendido que nunca saldremos de esta fortaleza amenazada mientras no reduzcamos la fantasmagoría a términos humanos concretos. Igual cree que, como en las películas, al final la policía gana siempre, pero aunque eso no resulte demostrable, la verdad es que siempre será más práctico que disparar sin blanco. Buzzati ilustró en “El desierto de los tártaros” –léanla, no se arrepentirán—el absurdo que supone esperar alerta a un enemigo desconocido. Quizá Obama conozca la fábula.

 

Claro que hay que contar con cara del mito cifra su poder en su carácter incógnito. Esta crisis, mismamente, ¿quién podría poner nombre y apellidos a sus muñidores sin romper la baraja? Los Gobiernos los conocen a la perfección pero se resignan a fingir una ignorancia que para aquellos es la mejor garantía de éxito e impunidad, porque optar por la batalla real debe de ser superior a sus fuerzas. No ha servido para nada luchar contra el “extremismo islamista” como si no supiéramos que la fortuna de Bin Laden (y las de quienes no son Bin Laden) se guarda en cuentas numeradas de lo más legal, o que los terrorista reales, no los imaginarios, viven entre nosotros, muchas veces incluso como confidentes de la bofia. A ver quién nos dice que no hubiera sido mejor bombardear “Mina Conchita” que las montañas de Afganistán.

5 Comentarios

  1. La última frase es de traca, y nunca mejor dicho, pero tiene mucha enjundia. Respecto a la tesis de la columna, me parece ocrrecta: Obama hace bien poniéndole cara al peligro. Y en cuanto al fondo sociológico del tema –el miedo como instrumento del Poder–, más de acuerdo aún. Sin olvidar lo contrario: la desdrtamatización como instrumneto dle mismo Poder. ¡No se puede uno fiar de él en ningún caso!

  2. Bien recordados los “miedos” históricos, ese arma de contención masiva que ha permitido a los poderes mantenerse a flote. La novela de Buzzati es espléndida y recuerdo que alguna vez ya la trajo a esta columna, pero bien merece recordarla de vez en cuando, por su clarividencia. Qué sería de la sociedad compleja sin el miedo. No lo sé, la verdad, no soy capaz de imaginarlo.

  3. Cuando se habla de miedo hay que incluir muchas especies: el que nos lleva a ahorrar o a despilfarrar, el que nos induce a elegir opciones políticas “salvadoras”, el que nos convence de la imprescindibilidad de los ejércitos, el que nos somete jerárquicamente movidos de un sentimiento de justa disciplina… Hay muchos miedos y el Poder es un magistral administrándolos.

  4. Interesantísimo el” testimonio” del estadounidense. ¿Quién es? porque testifica contra los intereses de su tierra.

    No sé a lo que alude don José António sobre el presidente Obama, pero es evidente que “los Arabes”, “bin Laden” & Co eran el coco detrás del cual se escondía Bush y gracias al cual hacía todo lo que quería , sin tener que rendir cuentas.
    El desierto de los Tártaros , gran gran novela, tan misteriosa y profunda. Sin embargo, todos y cada uno tenemos nuestro desierto de los Tártaros, y , naturalmente, cada pais también….aunque puede cambiar…
    Besos a todos.

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